martes, 15 de marzo de 2011

LA EDAD DE LAERTES


Todos llevamos dentro la genealogía de Odiseo. La juventud es la edad de Telémaco. Cuando vas de un sitio a otro, pruebas, entras, sales, te dejas llevar por los impulsos y los sentimientos. Eres un ser un poco ajenizado, dependiente casi por completo de tu entorno.

Después llega la edad de Odiseo o Ulises. Cuando dominas tu realidad interior y exterior. Reinas sobre ellas. Emprendes tus viajes y construyes tu mundo del mismo modo que el rey de Itaca talló su tálamo nupcial en un grueso tronco de olivo. Es también el momento de la lucha, de los padecimientos y las victorias.

Más tarde entras lentamente en la edad de Laertes. Cuando el padre de Odiseo le cede la corona. Se retira al campo. Vive humildemente, dedicado a cuidar sus campos, sus animales y reconciliarse en silencio con su pasado.

Todo está en Homero.

jueves, 10 de marzo de 2011

LA CABINA INVISIBLE



Entré en los aseos de una céntrica cafetería de Palma, con intenciones obvias. Y al momento, me sorprendió un murmullo. Eché una mirada por aquella estancia aparentemente vacía. En la que resonaba una voz un poco en sordina. ¿Había una tertulia en uno de los wcs? ¿Era una psicofonía?

Mucho más sencillo. Se trataba de un hombre que, presumiblemente sentado en la taza del inodoro, mantenía una plácida conversación con su mujer. “Pues si no puede ser mañana la cena, que sea pasado...”

Aquello me sugirió ese nuevo concepto de la modernidad. La cabina invisible. Durante mucho tiempo, la gente se encerraba en cabinas telefónicas para hablar cuando estaban en la calle. Pero con los móviles, aquel recurso de intimidad ha desaparecido. Sin embargo, la mayor parte de la gente no se corta un pelo. No es consciente de que se encuentra en cualquier lugar público hablando a gritos de cosas muy íntimas.

¿Por qué? Porque se creen protegidos por la cabina invisible.

He asistido a broncas furiosísimas en plena calle, a conversaciones y tonteos amorosos, a discusiones de negocios, cotilleos... Y todo sin ninguna protección, en medio de todo el mundo. Ves cómo la persona que habla se aísla psíquicamente. No mira a su alrededor, no quiere ser consciente de dónde se encuentra. Contempla el suelo o mantiene la mirada perdida, como si toda su percepción se hubiese focalizado en el móvil. Y el mundo hubiese desaparecido.

Claro que, por otro lado, tampoco los paseantes hacen mucho caso. Cada vez nos habituamos más a ese espectáculo. Ya nada nos sorprende. Y de este modo, también los escuchantes contribuimos a nuestra manera a construir esa cabina invisible.

Debe de ser un efecto de esta rara época en que vivimos. Donde la gente se perece por comprarse móviles nuevos y con grandes prestaciones, y no se preocupa de lo que hablan a través de ellos. Que, en buena lógica, debería de ser lo importante.

martes, 8 de marzo de 2011

LA INMORTALIDAD SEGÚN FACEBOOK



En su libro “La ciudad desvanecida”, Mario Verdaguer cuenta la historia del marmolista Lagrange, que vivió a finales del XIX. Tenía su taller cerca del Born y muchas veces trabajaba en plena calle. Verdaguer relata que te cruzabas con alguien conocido, a quien saludabas. Y al día siguiente pasabas por el Born y allí estaba Lagrange tallando una lápida funeraria con el nombre de tu conocido. Era una sensación chocante y siniestra.

Nuestra tecnología está creando hechos semejantes. Por ejemplo, la inmortalidad a partir del “Facebook”. En esa red social siguen los “muros” y “perfiles” de amigos que ya han fallecido. Da una sensación extraña el entrar en esa página, con el último texto colgado -a modo de involuntario epitafio- y los comentarios de los afligidos amigos, que constituyen una especie de elegías espontáneas. Como las cintas de las coronas de muertos.

A veces, por efecto del propio programa, en un extremo te sugieren que te hagas amigo de aquel que lleva semanas muerto. Y te mira con una extraña sonrisa desde su foto de perfil. Como si dijese: “De aquí no me saca nadie”.

No somos capaces todavía de evaluar los efectos que para nuestra dimensionalidad espacio-tiempo tienen las nuevas tecnologías. Tus archivos, tus fotos, tus webs, tus cuentas de correo te pueden sobrevivir. Quedar errantes en el ciberespacio, como esos satélites con algún pobre animal a bordo. Lejos, en otros lugares, nadie sabrá si estás vivo o muerto. Serán como hologramas fantasmas de tu vida.

Te ofrecen servicios para “testamentar” sobre tus cuentas, o incluso grabar mensajes “post mortem”. Pero lo que más impresiona es esa negación del tiempo que tiene la lógica informática. Cuando nos equivocamos en algo basta con apretar el comando “deshacer” para volver atrás. ¡Qué daríamos por hacer lo mismo en tantos otros órdenes de la vida! Cuántas cosas anularíamos apretando control y “z”...

En el ciberespacio puedes volver atrás, corregir tus errores, y siguen viviendo los muertos. A veces, como quien pasea por un jardín de la memoria, entras en sus “facebooks” y sientes la agridulce sensación de que siguen vivos.

miércoles, 2 de marzo de 2011

¿DÓNDE ESTÁ EL NUEVO MODELO?










¿Pero cómo es posible tener unos gestores tan ineptos?
Se han pasado años ignorando la orgía financiera y la burbuja inmobiliaria. Ahora ya ha petado. Pero todavía nos dicen que la recuperación está al caer.

Cada vez más se masca la crisis energética grave. Pero siguen planificando autovías, montando redes de suministro dependientes, confiando en la globalización. En lugar de crear nuevos modelos, más eficientes y autosostenibles, ponen parches.

¿Por qué? Para que sigan ganando dinero los de siempre. Telefónica o Endesa tienen grandes beneficios mientras los consumidores se ven descapitalizados cada día más.

En un momento de cambio histórico, nuestros gestores conducen mirando por el retrovisor.


sábado, 26 de febrero de 2011

MONEDEROS DE PIEL HUMANA

Un lúcido artículo:


Al fin y al cabo, sólo los ingenuos pueden creerse que la "sociedad del bienestar" es una creación altruista, pensada para favorecer a los débiles y necesitados.

La "sociedad del bienestar" es ante todo un negocio. Y su supervivencia depende de los oligarcas que durante años se han lucrado con ella. En Occidente tenemos la suerte de que nos roban a través de la sociedad del bienestar, mientras que los sátrapas de otros países (véase Libia and cia) se llevan directamente el dinero sin dejar nada a cambio.

viernes, 25 de febrero de 2011

INAUGURANDO UN ESTUDIO



No siempre tienes la suerte de inaugurar un estudio de grabación. Así ocurrió ayer jueves cuando acudí a los Felput Underground Studios de Caimari, para grabar una maqueta con los temas de Brassens. Gran equipo técnico, humano y culinario. En la foto, con Miquel Massuti, el productor, y en el suelo y acariciándolo Poppy el ingeniero de sonido.


lunes, 21 de febrero de 2011

ESCUCHAR LO QUE NO ESCUCHAS



El silencio de la ciudad no es igual al que escuchas ( o “no escuchas”) en “fora vila”. Tiene aspectos musicales propios. Y en muchos caos resulta el gran desconocido de nuestra cotidianeidad.

Uno de los aspectos que más lo diferencian es la profundidad. En el campo, el horizonte sónico suele ser vertical: hacia arriba. Sales por la noche y escuchas el fragor de las hojas, alguna rama moviéndose, a veces incluso el murmullo del viento pasando entre los peñascales y las montañas. Pero, por decirlo de alguna manera, esa música te llega de mundos aparentes, identificables. Te parece incluso que las nubes hacen ruido al pasar por encima de la luna.

Sin embargo, la ciudad disfruta de una categoría singular. Los sonidos subterráneos, ocultos, imprecisos. Cuando callan las fuentes de ruidos concretos, como pueden ser los coches las motos, las músicas, las voces, aparece un run-rún casi inaudible. Como esos barcos tan grandes cuyos motores apenas se oyen, pero en cierta manera están ahí.

Un sonido hecho de muchos vacíos distintos. Desde las esquinas a los terrados, de las cloacas a las calles vacías, de las habitaciones cerradas a los balcones. Como si el silencio tuviera una especial capacidad para amoldarse a espacios complejos, igual que una plastilina del sonido.

No es igual el silencio de una iglesia vacía que el de un callejón, el de una fábrica cerrada que el de una habitación con la ventana abierta. Sin embargo, todos son silencios. Todos participan de una misma condición aunque no sean iguales. Es como si los silencios tuviesen texturas diversas, como ocurre con los tejidos. Los hay de terciopelo, de arpillera, de armiño, de seda o de tela de forro. Sólo que en lugar de pasar los dedos por ellos, nos dejamos impregnar por su cortina sonora.

En la alquimia de los procesos profundos, aquellos que nos afectan sin que seamos conscientes de ellos, también participa el silencio. Y en nuestro interior, cuando la voz del “yo” calla por unos instantes, tampoco son siempre iguales los silencios.

viernes, 18 de febrero de 2011

CON BRASSENS A MANACOR





Dentro de estos inicios augurales del homenaje a Brassens, la siguiente estación es Manacor.
El viernes 25 en la simpática sala Sacma. A las 20'30.
Ya se avisa: "Se dicen tacos".

viernes, 11 de febrero de 2011

EL SECRETO DEL ANTICUARIO



Los objetos tienen su vida secreta. Eso se sabe desde la más remota antigüedad. Lo que ocurre es que nos resulta difícil percibirla. Porque el contexto en que nos movemos premia siempre la movilidad, la rapidez, la inmediatez. Hacen falta unas determinadas condiciones para escuchar la voz silenciosa de las cosas.

Esa es la razón de que los anticuarios resulten siempre tan fascinantes. En ellos, los objetos hablan. Podemos hacer una prueba bien sencilla. Vayamos primero a una tienda convencional, de cualquier tipo. Paseemos por las estanterías, toquemos algunos productos. No sentiremos nada.

A continuación, entremos en un anticuario. Es como pasar de una calle transitada al interior de una catedral gótica, donde resuena musicalmente hasta el más leve de los murmullos. Allí, cualquier objeto por mínimo que sea te habla. Posee una especie de aura significante, evocadora de historias y presencias del pasado. Tocas un reloj de cadena, y te parece sentir la presencia metempsicótica de otros propietarios. Un señor bigotudo, con gafas de quevedo, dándole cuerda lentamente mientras mira el paso de los bergantines por el puerto.

Te quedas contemplando una pintura. Y es como si a tu lado se congregase un grupo de gente de otros tiempos. A tu lado. Todos aquellos que han tenido aquel cuadro en su habitación. Donde quizás nacieron varios niños, murió gente, hubo una guerra, se tramaron conjuras. La pintura lo contempló todo silenciosamente, inmóvilmente.

Pero, en cambio, ahora nos trasmite la sospecha de todos esos acontecimientos del pasado. Aunque no pueda contárnoslo directamente, nos despierta la cámara oscura de las ensoñaciones, las fantasías. Y si la compramos, nos sentimos afortunados. Porque pasamos a formar parte de la cadena intemporal de gente que ha vivido a su lado. Tal vez, cuando ya no estemos, esa pintura seguirá su camino. Pasará a otras manos. Y sus futuros propietarios se la quedarán mirando pensativos. Mientras nosotros, convertidos ya en uno de esas presencias invisibles del pasado, nos agrupamos con los otros espectros para llenarla de sueño y contenido.

Un anticuario es un lugar de solemnidad casi religiosa. Deberíamos dedicar al menos un rato cada semana a pasearnos por sus estantes. Ayuda a comprender la existencia.

domingo, 6 de febrero de 2011

EL VOTO DEL CONSUMO



Tiempos difíciles. Y también tiempos para cambiar de hábitos. Cada mañana Loreta abre su bar, comienza a preparar varias bandejas de tapas, que llenan la entrada de un calorcillo hogareño. Mabel también abre su café, cerca del muelle y las barcas. Enciende la estufa, pone en marcha la cafetera. Mira por los cristales esperando la llegada de algún cliente. Juan Carlos coloca cuidadosamente sus botellas de vino, mira y remira la decoración - muy sumaria, unos toneles y carteles “vintage”-, lo coloca todo en su sitio.

Como ellos, centenares de pequeños comerciantes levantan las barreras con la incertidumbre en el cuerpo. “No sé si podré pagar el alquiler”, “esto está cada día más flojo”, “hay días en que vienen dos personas”. Se esfuerzan porque la oferta de su pequeño negocio, sean las tapas, el café, el vino a granel, las verduras, la ropa, atraiga la atención de los viandantes.

En estos tiempos deberíamos empezar por cambiar nuestros criterios selectivos. Crisis las ha habido en todas las épocas. Pero nunca la gente dispuso de tanta información. Nunca supo de manera tan fehaciente quiénes son los que explotan a sus trabajadores, los que suben abusivamente los precios, los que cobran comisiones exorbitantes o te obligan a suscribir contratos leoninos.

La consecuencia es lógica. Ya que estamos en una cultura de consumidores, y el consumo es el motor principal, ¿por qué no ejercer ese otro voto del consumo? ¿Por qué no activar el voluntariado consumista?

Café por café, prefiero ir a los bares de Loreta o Mabel, que luchan por sacar su negocio adelante. Vino por vino, los de Juan Carlos. Y así sucesivamente. Sabiendo que el menos el dinero que pones en circulación, aunque sea poco, vaya a personas que conoces. Gente trabajadora y decente. Al mundo real y no las megafinanzas.

Ojalá pudiésemos hacerlo en todos los ámbitos del consumo. Pero por algo hay que empezar...