De noche cerrada, el cielo sobre la necrópolis de Son Real
se despliega como un entachonado de estrellas. La Vía Láctea, el camino de las
almas, atraviesa el firmamento encima mismo de las tumbas en forma de torre, de
naveta. La piedra se mimetiza con la tierra y el mar. Todo parece un escenario
diseñado para el viaje hacia lo Alto. El vuelo de las almas.
Puedes vivirlo en directo los días 2, 3 y 4 de agosto.
"Els guerrers del passat tornen a Son Real".
Con: Xim Vidal, Enric
García, Arantxa Andreu, Mariona Forteza, Mané Capilla. Dirección técnica:
Dominic Hull. Iluminación: Miquel Marqués y Adrià Ferrà. Una producción de
Abril Cultura.
La necrópolis de Son Real es uno de los monumentos más fascinantes de la prehistoria de Mallorca. Situada cerca de Can Picafort, a la orilla misma del mar, albergó a una élite gobernantes desde el siglo VII aC hasta cerca de la romanización.
Los primeros en ser enterrados fueron guerreros. Caudillos que se hicieron sepultar con armas y animales. Esa estirpe perdida de fundadores, de los que apenas sabemos nada, dieron sentido a los diferentes centros funerarios que se encuentran en este lugar.
El espectáculo "Els guerrers del passat tornen a Son Real" pretende dar sentido a las tumbas monumentales apelando a la ideología que les dio origen: las creencias en el más allá y la mentalidad de los guerreros.
Para eso, se leen textos de la Ilíada, cercana en el tiempo a la fase más antigua de la necrópolis. Como si las palabras de Homero despertaran las sombras y la presencias del antiguo cementerio.
Una oportunidad única de sentir y conocer el pasado.
Una
de las cuestiones más candentes de este momento histórico es la relación entre
el triunfo y la fama. Nuestra cultura del consumo equipara tramposamente ambos
conceptos. Una persona que triunfa es aquella que adquiere popularidad, es
conocida y valorada por los medios, y se convierte en un icono de masas. Quien
no es famoso no ha triunfado.
He
aquí una buena reflexión para esa película que tan buena fortuna ha tenido en
crítica y carteleras: “Searching for Sugar Man”. Un documental que sigue los
pasos de un cantante eclipsado, Sixto Rodríguez, hasta rescatarlo del olvido y
hacer de él un símbolo. Y probablemente un buen negocio.
Cualquier
persona aficionada a la música de los 60-70 se habrá interesado por la
película, obra del sueco Malik
Bendjelloul.
Sus imágenes son potentes, la historia absorbe desde el primer momento. Y
pretende ser una parábola de los vaivenes del éxito.
Sorprende,
sin embargo, que tanta gente haya comulgado con esta cinta sin hacerse
demasiadas preguntas. Y sobre todo sin acusar ciertas zonas oscuras que
convierten el documental en objeto de ciertas sospechas. En la historia se
produce un momento crucial, cuando el dueño de la discográfica que
presuntamente se lucró con los discos que el cantante vendió en Suráfrica hace
un mutis inexplicable. Allí la película renuncia a profundizar sobre las
sombras de la industria discográfica. El tema queda soslayado, cuando
constituye la auténtica raíz de la historia. ¿Por qué?
El
climax aparece cuando descubren que Rodríguez no se suicidó en el escenario,
sino que sigue vivo. En ese momento, todos se han preguntado sobre su carácter,
su forma de hacer música, su personaje. Y, sin embargo, Rodríguez aparece
esquinado. Juega un papel más de personaje de ficción que de un documental. Sus
testimonios resultan escasos, pretenden alimentar más el mito que la realidad.
El
acento se pone en la escena de la vuelta de Rodríguez a los escenarios de
Suráfrica, que adquiere los caracteres de una especie de “Pretty Woman”
musical. Frente a la cantidad de preguntas que un observador se puede hacer -
¿sigue cantando bien? ¿qué siente? ¿por qué si era un ídolo del anti-apartheid
todos los espectadores son blancos? - el film se desliza hacia lo sentimental.
Una sobredosis de emotividad muy comercial, sin apenas datos relevantes.
Rodríguez vuelve a la fama, al triunfo. Una vez más, la popularidad actúa como
un elemento redentor. Ahí reside el núcleo de todo el discurso.
Se da por hecho que Rodríguez era “tan
bueno como Dylan” en su tiempo. Pero si bien tiene dos buenas canciones, con
una voz y aspecto que recuerdan a José Feliciano, nadie demuestra
fehacientemente que sea tan bueno como se predica. Y mucho menos comparado a
una figura como Dylan.
Se
asegura que renuncia al dinero, pero sabemos muy poco de su vida privada. Se
nos presenta como un rebelde que vive una vida sencilla, renunciando a los
oropeles. Pero tras la película parece claro que ha vuelto a los escenarios. A
pesar de vivir en una especie de chabola con chimenea, tiene Facebook desde
2008. ¿Es o no un personaje místico? Para ser un documental sobre Rodríguez,
apenas sacamos nada en claro sobre él.
Todos
sabemos de gente que ha triunfado en la vida, que hacen aquello en lo que
realmente creen, y no son famosos. Y por desgracia también a muchos famosos que
no han triunfado en absoluto. Sino que son meros esperpentos al dictado de las
audiencias y el mercado.
Bajo
su barniz de fábula de músico injustamente olvidado al que se hace justicia, la
búsqueda de Sugar Man también muestra los signos de ser en el fondo una muy
buena operación de márketing. La fama gracias al recurso del olvido.
Nada más revelador que lo intrascendente. No en vano, los
antiguos siempre buscaban parábolas y enseñanzas en las cosas más sencillas.
Llegando a Palma por la carretera vieja de Sineu, a la altura de S’Hostalot, me
percaté de un detalle. Una diminuta mariquita, de esas que ahora populan por
los campos, se había instalado en el parabrisas.
La velocidad
del coche no alteraba su gesto imperturbable. Se inclinaba ligeramente hacia
adelante, para resistir el viento. Y levantaba más la patas traseras que las
delanteras. Mientras, su divertido caparazón rojo con motas negras, parecía
estremecerse. Como si estuviese disfrutando de la experiencia.
A todos nos
resultan simpáticos estos insectos. Tienen una forma tan de cuento infantil,
que es imposible no pensar en que traen buena suerte. Y que son acompañadores
favorables de nuestros jardines y huertos.
A medida que avanzaba, sentía una cierta responsabilidad
hacia la marquita. ¿Hacia dónde la estaba conduciendo? ¿Tendría un hogar,
familia e hijitos a los que dejaba atrás para siempre? ¿Qué le esperaba en ese
nuevo destino al que mi coche le estaba llevando de forma irremediable?
Suponía un cierto peso moral pensar que aquel
pequeño ser vivo salía de algún campo, y que yo le iba a depositar en pleno
centro. Un lugar lleno de peligros de aplastamiento. Ingrato, sucio. Tal vez
sin medios de supervivencia. De manera que estuve un buen rato deliberando
conmigo mismo. Mientras veía a la mariquita haciendo surf de viento en el
cristal.
Finalmente,
decidí pararme antes de entrar en la ciudad, y dejarla en algún sitio más grato
para ella. Al fin y al cabo, no era tan complicado y me quitaba un peso moral
de encima.
Entonces, mientras todavía marchaba, la mariquita abrió sus
elitros y salió volando por sí misma.
Un pequeño
suceso. Una gran analogía. Pensaba en cuál sería el destino de ese insecto.
Quizás cayera sobre el asfalto y fuera automáticamente chafado. Tal vez pudiera
colarse en un corral y vivir feliz su vida de mariquita. Quizás se extraviara,
se ahogara en un charco. Vete a saber. Y todo dependía de algo tan imprevisible
como el instante en que decidió volar. La vida, la muerte, la felicidad o la
enfermedad y la desgracia.
Así es también
nuestro destino. Una vida agradecida o terrible puede decidirse en un segundo
imposible, que ni siquiera depende de nosotros.
Ante la demanda que ha cubierto los días 14 y 15 de junio, el espectáculo "Àngels i ombres" se representará también en el cementerio de Palma los días 21 y 22 de junio.
Quedan plazas disponibles para las sesiones de las 00 horas el día 21 y el día 22 de las 22 y las 00 horas.
Tiempo realmente primaveral en la excursión a Son Real. Un paseo con sol, viento, algo de lluvia, y una atmósfera transparente que realzaba todavía más este paraje singular de la costa norte mallorquina.
A la Cenicienta le tocaban las doce de la noche y los oropeles se te tornaban en harapos. Una cosa parecida nos está ocurriendo con la herencia de la Transición. Durante tantos años, considerada como un proceso político ejemplar. Modelo para el mundo. Que fue capaz de salir de un régimen autoritario en decadencia para llegar a un sistema democrático avanzado, dentro de los parámetros del estado de bienestar.
Pero, dong-dong-dong-dong, el sueño parece desvanecerse. Mucho de lo que se consideró como trampolín económico fue fruto de la burbuja inmobiliaria y de la especulación. Hoy, constituye un lastre envenenado cara al futuro. La acción política está revelando su cara más hedionda y oscura, con una rampante corrupción que sólo comienza a destaparse. Incluso la Monarquía, tema intocable durante tantos años, se ve afectada ahora por un alud de revelaciones que la ponen en la peor de las almonedas.
¡Es la Transicienta! La Transición que, tocadas las doce, ha cambiado el coche de caballos por una calabaza y cuatro ratas. El sueño ha terminado.
Una expresión se ha puesto de moda: “Con la que está cayendo, hay que reinventarse”. ¡No por favor! Por lo que ahora se ve, hemos pasado muchos años auténticamente “inventados”. Creyendo en valores que después han resultado una quimera, o peor: una tapadera. Nos creíamos en la “Champions league” de la economía mundial, a la cabeza de la “Alianza de civilizaciones”, espejo de transiciones para todo el mundo. Y en gran parte todo fue una invención.
Así que de “reinventarse”, nada. Lo que hay que hacer, de una vez por todas, es dejarse de inventos. Y asumir la realidad.