Este mes de septiembre vuelven las visitas nocturnas al castillo de Bellver. "Les veus de Bellver" es un espectáculo que combina los escenarios nocturnos (la terraza, los pasillos y salas sombrías) con la historia viva contada por los personajes que encarna Rodo Gener. En esta edición, el evento se enriquece con la presencia de Arantxa Andreu, que cantará para "despertar" las presencias del castillo.
También es una novedad la participación del guitarrista Pep Toni Brotons, quien junto a Mariona Forteza llenan de música y sentimiento los diversos pasajes de la visita.
La iluminación creativa de Dominic Hull y Miquel Marquès da presencia al edificio. Adrià Ferrà completa el equipo de regiduría y producción.
El que esto firma conduce el grupo de visitantes a través de las diferentes partes del espectáculo.
"Les veus de Bellver" es una producción de Abril Cultura, con la colaboración del Ajuntament de Palma.
Los días previstos para las visitas son el 6, 13 y 20 de septiembre. Las reservas se realizan a través del teléfono 971 73 50 65 o el mail castelldebellver@palma.es
Este sábado día 31 de agosto, en la plaza Bisbe Campins del monasterio de Lluc: "Les veus de la nit". Un repertorio de canciones de Mariona Forteza, y textos del libro "Llànties de foc" de Joan Mascaró.
El acto se enmarca en el ciclo "Les nits de Lluc".
El ser humano gusta de lo habitual. Eso se traduce en muchas actitudes defensoras de las tradiciones y la rutina. Pero también tiene su equivalente en ciertas querencias más cotidianas. El verano, por ejemplo, es el mejor momento para reencontrarse con la ropa vieja. Infeliz aquel que cambia constantemente de indumentaria y que se deshace de cuanto ha modelado el tiempo. Los meses fríos del invierno tal vez lo justifiquen. Pero el verano, con su informalidad y desenvoltura, es el reino de la camiseta vieja.
Cuando cambia la estación, lo primero que hago es repasar mi batería de camisetas viejas. Las hay francamente vintage. Propias del menester de ir a la playa o hacer la siesta al aire libre. Escojo cuidadosamente una y siento esa sensación tan especial de amoldarte a algo muy estrechamente. Las prendas nuevas tienen apresto, huelen muy bien, realzan la cara y la figura. Pero hasta que se convierten en tu segunda piel transcurre un tiempo. Durante el cual justamente pierden tanta apariencia y compostura. En cambio, una camiseta vieja te abraza cariñosamente. Se deposita sobre tu espalda como esa mano afectuosa de un amigo. Se mueve ventilando tus alerones. Su color tiene aguas causadas por el tiempo.
De forma inconsciente, despierta en ti recuerdos y sensaciones del pasado. Hace que surjan imágenes de otros veranos, de otras noches y otras playas. Forma una entidad poética a pesar de algún agujero o "siete". Totalmente disculpable, teniendo en cuenta que es agosto. Los objetos tienen su corazoncito. Y conservando esas camisetas holgadas, descoloridas, pasadas de moda, también expresamos una cierta reconciliación con nuestro pasado.
Pocas cosas nos hacen comprender rápida y gráficamente la esencia del tiempo. Gran parte del mundo que te envuelve cambia contigo. Produce la ilusión de que sigues en el mismo lugar que hace años. Pero hay ciertos elementos que, con su inmovilidad, te señalan los límites de la existencia. Los ciclos. Lo que empieza y lo que acaba.
Como las estatuas.
Este busto representa a un príncipe de la época julio-claudia. Fue hallado en el teatro de Tarraco. Y constituye desde hace muchos años una de las piezas señaladas del fondo de escultura romana del Museu Arqueològic nacional de Tarragona (http://www.mnat.cat/).
Lo visité de pequeño, a las nueve o diez años. Con la máquina colgando al cuello. Y posé de esta manera por imperativo de mi padre. Al menos lo deduzco por mi expresión. Cincuenta años después, he vuelto de nuevo. Ahora con otra pinta y sin máquina, sólo con el móvil.
Cuántas cosas han cambiado. Pero, en un contraste absoluto con la fugacidad de lo orgánico, la estatua sigue igual.
En el verano de 1962, pasé unos días de vacaciones con mis
padres en la residencia que el ministerio franquista de Educación y Descanso tenía
en Can Picafort. Supongo que mi padre no calculó que, siendo regentada por un
falangista, hacían cantar el Cara al Sol con el brazo en alto antes de cada
comida. De manera que buscó modos de salir de allí para conocer nuevos lugares.
Recuerdo a don Llorenç Vanrell, párroco entonces de Can
Picafort, sentado a la fresca con la sotana entreabierta. El nos llevó a la
finca de Son Real, y en "es figueral" nos invitaba a coger higos:
"Cojan coja, yo les dispenso". Desde allí caminamos hasta la excavación.
Tenía doce años y quedé fascinado por aquellas piedras
numeradas, las tumbas abiertas, los esqueletos a punto de ser metidos en cajas
para su examen. Probablemente, aquella imagen - junto con los paseos por Empúries
- marcó en mí una querencia por el pasado.
Mantuve durante muchos años en la
memoria aquel rincón arqueológico, y en 1980, cuatro años después de instalarme a
Mallorca, lo volví a visitar. Me sorprendió que nade hubiera cambiado. todo estaba como lo recordaba. Escribí un reportaje para el "Dominical
DM": "Son Real, una ciudad de los muertos junto al mar".
Desde
entonces, Son Real se convirtió en un paradigma de paisaje analógico. Un
enclave lleno de belleza y de magia, abandonado a su suerte. Tuve la
oportunidad de visitar las diferentes excavaciones que lo han ido recuperando y
consolidando, gracias sobre todo a Jordi Hernández y Margalida Munar. Este mismo verano
apareció un nuevo esqueleto, atado hasta conseguir una forzada postura. Su tumba seguía intacta, sin ningún ajuar.
Son Real es un paisaje que habla del hombre antiguo. Y que, a
dos pasos de las concentraciones turísticas, nos devuelve la poesía y el
misterio del pasado.
Los pasados días
2, 3 y 4 de agosto, tuvimos la suerte excepcional de cumplir uno de los sueños
que me perseguían desde hace años. Darle voz a la necrópolis y a sus desconocidos
moradores. A través de la lectura de parte del poema de La Ilíada, contemporáneo de la fase más
antigua de las tumbas. Con actores como Xim Vidal, Enric García o Dominic Hull. La música de Arantxa Andreu, Mariona Forteza y Mané Capilla. Las iluminaciones de Miquel Marqués y Adri Ferrà.
Fue muy
emocionante. Escuchar las palabras de Aquiles reclamando un túmulo funerario
frente al mar, para que los hombres del futuro le recuerden y su gloria no
muera nunca. Allí, en la noche sonrealiana.
Pero lo mejor
fue cuando, acabado el espectáculo, la gente se acercaba a las ruinas.
Iluminadas de una forma nunca vista. Y se paseaban sorprendidos y emocionados.
De noche cerrada, el cielo sobre la necrópolis de Son Real
se despliega como un entachonado de estrellas. La Vía Láctea, el camino de las
almas, atraviesa el firmamento encima mismo de las tumbas en forma de torre, de
naveta. La piedra se mimetiza con la tierra y el mar. Todo parece un escenario
diseñado para el viaje hacia lo Alto. El vuelo de las almas.
Puedes vivirlo en directo los días 2, 3 y 4 de agosto.
"Els guerrers del passat tornen a Son Real".
Con: Xim Vidal, Enric
García, Arantxa Andreu, Mariona Forteza, Mané Capilla. Dirección técnica:
Dominic Hull. Iluminación: Miquel Marqués y Adrià Ferrà. Una producción de
Abril Cultura.
La necrópolis de Son Real es uno de los monumentos más fascinantes de la prehistoria de Mallorca. Situada cerca de Can Picafort, a la orilla misma del mar, albergó a una élite gobernantes desde el siglo VII aC hasta cerca de la romanización.
Los primeros en ser enterrados fueron guerreros. Caudillos que se hicieron sepultar con armas y animales. Esa estirpe perdida de fundadores, de los que apenas sabemos nada, dieron sentido a los diferentes centros funerarios que se encuentran en este lugar.
El espectáculo "Els guerrers del passat tornen a Son Real" pretende dar sentido a las tumbas monumentales apelando a la ideología que les dio origen: las creencias en el más allá y la mentalidad de los guerreros.
Para eso, se leen textos de la Ilíada, cercana en el tiempo a la fase más antigua de la necrópolis. Como si las palabras de Homero despertaran las sombras y la presencias del antiguo cementerio.
Una oportunidad única de sentir y conocer el pasado.
Una
de las cuestiones más candentes de este momento histórico es la relación entre
el triunfo y la fama. Nuestra cultura del consumo equipara tramposamente ambos
conceptos. Una persona que triunfa es aquella que adquiere popularidad, es
conocida y valorada por los medios, y se convierte en un icono de masas. Quien
no es famoso no ha triunfado.
He
aquí una buena reflexión para esa película que tan buena fortuna ha tenido en
crítica y carteleras: “Searching for Sugar Man”. Un documental que sigue los
pasos de un cantante eclipsado, Sixto Rodríguez, hasta rescatarlo del olvido y
hacer de él un símbolo. Y probablemente un buen negocio.
Cualquier
persona aficionada a la música de los 60-70 se habrá interesado por la
película, obra del sueco Malik
Bendjelloul.
Sus imágenes son potentes, la historia absorbe desde el primer momento. Y
pretende ser una parábola de los vaivenes del éxito.
Sorprende,
sin embargo, que tanta gente haya comulgado con esta cinta sin hacerse
demasiadas preguntas. Y sobre todo sin acusar ciertas zonas oscuras que
convierten el documental en objeto de ciertas sospechas. En la historia se
produce un momento crucial, cuando el dueño de la discográfica que
presuntamente se lucró con los discos que el cantante vendió en Suráfrica hace
un mutis inexplicable. Allí la película renuncia a profundizar sobre las
sombras de la industria discográfica. El tema queda soslayado, cuando
constituye la auténtica raíz de la historia. ¿Por qué?
El
climax aparece cuando descubren que Rodríguez no se suicidó en el escenario,
sino que sigue vivo. En ese momento, todos se han preguntado sobre su carácter,
su forma de hacer música, su personaje. Y, sin embargo, Rodríguez aparece
esquinado. Juega un papel más de personaje de ficción que de un documental. Sus
testimonios resultan escasos, pretenden alimentar más el mito que la realidad.
El
acento se pone en la escena de la vuelta de Rodríguez a los escenarios de
Suráfrica, que adquiere los caracteres de una especie de “Pretty Woman”
musical. Frente a la cantidad de preguntas que un observador se puede hacer -
¿sigue cantando bien? ¿qué siente? ¿por qué si era un ídolo del anti-apartheid
todos los espectadores son blancos? - el film se desliza hacia lo sentimental.
Una sobredosis de emotividad muy comercial, sin apenas datos relevantes.
Rodríguez vuelve a la fama, al triunfo. Una vez más, la popularidad actúa como
un elemento redentor. Ahí reside el núcleo de todo el discurso.
Se da por hecho que Rodríguez era “tan
bueno como Dylan” en su tiempo. Pero si bien tiene dos buenas canciones, con
una voz y aspecto que recuerdan a José Feliciano, nadie demuestra
fehacientemente que sea tan bueno como se predica. Y mucho menos comparado a
una figura como Dylan.
Se
asegura que renuncia al dinero, pero sabemos muy poco de su vida privada. Se
nos presenta como un rebelde que vive una vida sencilla, renunciando a los
oropeles. Pero tras la película parece claro que ha vuelto a los escenarios. A
pesar de vivir en una especie de chabola con chimenea, tiene Facebook desde
2008. ¿Es o no un personaje místico? Para ser un documental sobre Rodríguez,
apenas sacamos nada en claro sobre él.
Todos
sabemos de gente que ha triunfado en la vida, que hacen aquello en lo que
realmente creen, y no son famosos. Y por desgracia también a muchos famosos que
no han triunfado en absoluto. Sino que son meros esperpentos al dictado de las
audiencias y el mercado.
Bajo
su barniz de fábula de músico injustamente olvidado al que se hace justicia, la
búsqueda de Sugar Man también muestra los signos de ser en el fondo una muy
buena operación de márketing. La fama gracias al recurso del olvido.
Nada más revelador que lo intrascendente. No en vano, los
antiguos siempre buscaban parábolas y enseñanzas en las cosas más sencillas.
Llegando a Palma por la carretera vieja de Sineu, a la altura de S’Hostalot, me
percaté de un detalle. Una diminuta mariquita, de esas que ahora populan por
los campos, se había instalado en el parabrisas.
La velocidad
del coche no alteraba su gesto imperturbable. Se inclinaba ligeramente hacia
adelante, para resistir el viento. Y levantaba más la patas traseras que las
delanteras. Mientras, su divertido caparazón rojo con motas negras, parecía
estremecerse. Como si estuviese disfrutando de la experiencia.
A todos nos
resultan simpáticos estos insectos. Tienen una forma tan de cuento infantil,
que es imposible no pensar en que traen buena suerte. Y que son acompañadores
favorables de nuestros jardines y huertos.
A medida que avanzaba, sentía una cierta responsabilidad
hacia la marquita. ¿Hacia dónde la estaba conduciendo? ¿Tendría un hogar,
familia e hijitos a los que dejaba atrás para siempre? ¿Qué le esperaba en ese
nuevo destino al que mi coche le estaba llevando de forma irremediable?
Suponía un cierto peso moral pensar que aquel
pequeño ser vivo salía de algún campo, y que yo le iba a depositar en pleno
centro. Un lugar lleno de peligros de aplastamiento. Ingrato, sucio. Tal vez
sin medios de supervivencia. De manera que estuve un buen rato deliberando
conmigo mismo. Mientras veía a la mariquita haciendo surf de viento en el
cristal.
Finalmente,
decidí pararme antes de entrar en la ciudad, y dejarla en algún sitio más grato
para ella. Al fin y al cabo, no era tan complicado y me quitaba un peso moral
de encima.
Entonces, mientras todavía marchaba, la mariquita abrió sus
elitros y salió volando por sí misma.
Un pequeño
suceso. Una gran analogía. Pensaba en cuál sería el destino de ese insecto.
Quizás cayera sobre el asfalto y fuera automáticamente chafado. Tal vez pudiera
colarse en un corral y vivir feliz su vida de mariquita. Quizás se extraviara,
se ahogara en un charco. Vete a saber. Y todo dependía de algo tan imprevisible
como el instante en que decidió volar. La vida, la muerte, la felicidad o la
enfermedad y la desgracia.
Así es también
nuestro destino. Una vida agradecida o terrible puede decidirse en un segundo
imposible, que ni siquiera depende de nosotros.