sábado, 4 de julio de 2015
TIERRA UBICUA
Algunas verdades son tan elementales que nos cuesta tenerlas en cuenta. Por ejemplo, la ubicuidad de la tierra. Ese depósito mineral sobre el que transitamos, que se levanta cuando hace viento, que cubre capa tras capa los vestigios de otras épocas. La tierra que nos acompaña y acoge.
En verano, las lluvias de barro nos hacen tomar conciencia de ello. Sales a la calle y el coche se ha llenado de unas imprimaciones rojizas. Arena pura del desierto. Tierra que ha atravesado el mar, arrastrada por el viento, hasta caer a centenares de kilómetros como un velo turbio y extraño. Tocar esa tierra es como viajar con la imaginación a las dunas saharianas. Desplazarnos a otras geografías.
Otras veces, somos nosotros los que provocamos esas percepciones. Por ejemplo, soy fan de un bar-colmado de carretera en Sant Josep de sa Talaia (Eivissa). Allá, en Can Jordi, se reúne una parroquia bien singular. Con música de "blues" como fondo, cervezas y esa sensación de libertad que inspira la Pitiusa mayor. La última vez que estuve, hacía calor y el terreno que sirve de aparcamiento estaba lleno de tierra suelta y arenosa. Que me impregnó las ruedas y los bajos del coche. Días después, ya en Mallorca, seguía allí. Yo miraba las ruedas auroleadas con aquel depósito terrero y pensaba: "Qué extraño. ¡Tierra de Can Jordi en Palma!". Como si de esa manera se relacionasen dos mundos bien opuestos.
Algo parecido ocurre con Cabrera. Recorres los caminos que llevan del puerto al castillo, llenos de una tierra muy blanca. Y cuando vuelves a casa, después de tanto caminar, del trayecto en barca, de la carretera, dejas las botas en el suelo y están blancas. Y te dices: "¡La tierra de Cabrera en mi alcoba!". Un poco de soledad, de luz de faro, de cielo puro, de sonido a mar.
La tierra es un sustrato universal y movible. En realidad, desmiente esas ideas tan rígidas y compartimentadas que tenemos sobre el mundo. De igual modo que las cosas reales nunca son absolutas ni explicables. Siempre ubicuas, transformables. Errantes y universales, como la tierra leve que arrastra el viento.
miércoles, 1 de julio de 2015
A TOMATE REGALADO...
Cada año, por estas fechas, empieza el
tiempo de los tomates. Es una pequeña y alegre estación, de la cual casi todos
participamos. Los que tienen tomateras y los que se limitan a recibir el fruto
de los primeros.
Los tomates, como los melones, inspiran
un sano orgullo a sus propietarios. Es algo que todos regalan con gusto. Porque
cuando te traen la bolsa llena hasta los topes, se aprecia una especie de
paternidad gozosa. Te explican de dónde los han cogido, los cuidados que han
recibido, las sulfatadas o campañas para evitarles los bichos depredadores...
De esta manera, la alegría del tomatante
se contagia un poco al tomatado. Uno no tiene la sensación de que se están
desprendiendo de algo. Ni que simplemente les salgan los tomates por las orejas
y no sepan qué hacer con ellos. No. Todo lo contrario.
Los tomates que te regalan a inicios del
verano son como una prueba de aprecio y amistad. Los contemplas tan rojos, tan
brillantes, con sus puntitos blancos de azufre y la cola enroscada, y es como
si realmente te hiciesen un presente bien valioso. Te los llevas a casa bien
contento, aunque tal vez la tarde anterior ya otro vecino te regalara un montón
de tomates y tengas la nevera a rebosar.
Da igual, porque los tomates que te
regalan siempre son más gustosos que los comprados. Abrir
su pulpa jugosa, verter su líquido denso con las pepitas, dejar a un lado la
piel arrugada y todavía exhalante de aromas apetitosos. Todo adquiere una
calidad máxima. Una y otra vez te dices: "Mmm. Qué diferencia con los del
mercado".
Aunque, tal vez, si te regalasen dos
kilos de Mercapalma no notarías la diferencia.
La fruta, los alimentos de
temporada, nos
rescatan recuerdos profundos. Son obsequios estacionales, que vuelven un
año tras otro. Como un reloj de la generosidad que atraviesa los años.
Nos sumen en ensoñaciones horacianas de
campesinos perfectos y frutos sabrosos.
Por eso, el que regala tomates te ofrece
algo más que una solaneácea. Te brinda un pedacito de fantasía.
domingo, 28 de junio de 2015
OTROS TIEMPOS PARA EL CENTRO DE PALMA
Una de las dialécticas más antiguas y engañosas consiste en la nostalgia. El paso del tiempo trasmuta los metales pobres en oro puro, disimula los aspectos más oscuros. Hace brillar los recuerdos como si todo tiempo pasado fuera mejor. Lo cual no es cierto.
Pero es verdad que ciertos cambios sobrevienen de repente, causándote una cierta sorpresa. Y el contraste entre lo nuevo y lo antiguo te sume en una especie de letárgica perplejidad. Con ganas de contar a todo el mundo que, otrora, las cosas eran de otro modo.
Por ejemplo, si vives en el centro de Palma, un día te sorprendes añorando la presencia de vecinos. Aquellas señoras mayores de toda la vida. Los matrimonios. Los niños. Porque han ido desapareciendo de tu escalera, sustituidos por los turistas. Constantemente suben y bajan por la escalera cargados con sus maletas de ruedas. Ya no escuchas las peleas de la pareja de abajo por el ventanuco del baño, sino las frases incomprensibles dichas en alemán, inglés o ruso. Tus vecinos son una especie de espejismo. Gente desconocida. Una reencarnación sin rostro del turista alquilante de piso en el centro.
Sales a la calle, y te sorprendes enunciando los comercios tradicionales que han desaparecido en el barrio. Colmados, mercerías, tiendas de tejidos... Esos establecimientos sólo viven en tu memoria. Porque en la calle han sido sustituidos por tiendas de "souvenirs", "take away", pizzerías exprés, o dispensadores de "gelato". Todas muy parecidas, y muchas veces con las puertas abiertas y la música a todo volumen.
Y en ese mismo lugar, surge el recuerdo de los años en que la gente se cruzaba por los callejones angostos de Canamunt y los señores se tocaban el ala del sombrero. O las parejas andaban cachazudamente hacia misa en Santa Eulàlia. Incluso aquellos turistas huérfanos y solitarios, como robinsones del mapa y el "¿Katedrale?". Hoy te ves refugiándote en un portal para sortear el paso de varias galeras de caballos, filas de extraños vehículos de dos ruedas con usuarios en forma de champiñón, grupos en bici...
Las tardes de silencio levítico, con el sonido de En Figuera resonando campanudamente por las casas, han dado paso a miles de músicas dispares. La calle se ha llenado de acentos distintos y coloristas. Músicos, estatuas vivientes, vendedores. Esa Palma típica que tanto se promociona como capital de la calma ha desaparecido.
Nunca tiempo pasado fue mejor. Pero eso de "la mejor ciudad del mundo" resulta francamente raro.
miércoles, 17 de junio de 2015
OBJETOS DE DESEO
A lo largo de los años, conservamos el recuerdo de muchas
cosas. A veces, con cierto empeño y monumentalidad. Esas fotos de viajes, de
actos sociales. Cartas antiguas, entradas de conciertos. Es el pequeño universo
afectivo que en cierta manera nos justifica. Al cual volvemos una y otra vez en
busca de un sitio en el mundo.
Pero hay un
tema por el que generalmente pasamos de largo. Que obviamos. Y sin embargo
tiene un hondo calado. Me refiero a los objetos de deseo.
Aunque cueste
de reconocer, nuestra vida también está marcada por objetos que en un
determinado momento han despertado nuestro deseo más absoluto. Es un
sentimiento que se remonta sobre todo a la infancia, cuando las cosas deseables
adquieren un halo mágico. Una entidad ontológica superior a la realidad
habitual.
Deberíamos
volver de vez en cuando a esa visión retrospectiva. Recordar aquellos objetos
que nos fascinaron de niños. Con los que soñamos durante semanas o meses. Que
acariciábamos con la imaginación. Ellos despertaron en nuestro interior un
mundo paralelo, feérico. Tan fascinante y minúsculo como esos paisajes para
trenes eléctricos con sus luces y casitas.
Recuerdas
aquel juego de muñecos. Lo mirabas en el escaparate de la juguetería. Te
parecía que el día en que lo tuvieras todo sería distinto. Alcanzarías la
felicidad más absoluta. Los reproducías de forma invisible con la imaginación.
Lo mismo que aquella pelota, aquel instrumento, aquella bicicleta, aquel coche de bomberos de hojalata...
Equivocadamente, consideramos como momento real aquel en el cual
logramos nuestro deseo. Falso. La auténtica realidad, platónica y sublimada, es
la del preámbulo. Cuando esperábamos con ansiedad que llegara el momento de
alcanzarlos.
Deberíamos
tener una galería bien presente de todos los objetos del deseo de nuestra
historia. Porque, en cierto modo, ellos explican nuestra existencia.
VENCEJARIA
No hay nada más literario que el regreso de vencejos y
golondrinas. Estos días, me asomo a la ventana y los veo revoloteando por el
cielo. Vencejeando por los terrados. Te preguntas por qué justamente estas aves
han gozado de tanta bibliografía. Desde el popular "volverán las oscuras
golondrinas" de Bécquer a los capítulos dedicados a estos pájaros por
escritores como Ramón Gómez de la Serna o Cristóbal Serra.
Tal vez por su marcada
estacionalidad. Marcan el inicio de la primavera, el regreso del buen tiempo y
el calor. O quizás por su alboroto consustancial. Así como otras aves parecen
piar sólo en ciertos momentos comunicativos, los vencejos cantan sin cesar.
Como si se estuviesen enviando telegramas para ellos mismos.
Ves cómo se acercan a los
márgenes de los tejados. Y se introducen vertiginosamente en su nido, para
salir al poco. Siempre de forma estrepitosa.
Los vencejos tienen unas alas
enormes, desproporcionadas para su medida. Y vuelvan sin descanso. No se
balancean en los cables telefónicos, ni dan saltitos por el asfalto como otras
especies. Siempre vuelan y vuelan. Te los imaginas durmiendo en pleno vuelo.
Aprovechando esas caídas libres a las que se entregan para echar un sueñecito
antes de volver a empezar.
¿Por qué representan algo para
nosotros? Tal vez, por ese contraste tan vívido con la solemnidad inerte de la
ciudad, las paredes y los campanarios. La historia, el pasado, la piedra. Y
sobre ella, el alboroto inquieto de centenares de acentos circunflejos en
movimiento.
Quizás porque simbolizan los
impulsos genesíacos de la vida. Esos que laten en la Naturaleza y surgen y
rebrotan de la muerte y la desgracia, así como ellas vuelven después del frío y
del invierno.
O puede ser que representen
nuestros sentimientos más libres. Que sin previsión ni control, atraviesan el
cielo azul de las emociones cuando menos te lo esperas.
PRESENTAMOS EL PRIMER LIBRO SOBRE EL ARQUITECTO FERRAGUT
El próximo lunes, día 22, presentamos el libro de J. Ferragut sobre el arquitecto JOSEP FERRAGUT POU, autor del edificio de GESA y muchos otros proyectos de Palma.
Un acto de justicia con una figura destacada de la arquitectura del siglo XX en Mallorca, injustamente olvidada.
El acto se celebra en el salón de actos del Col·legi d'Arquitectes (carrer de la Portella) a las 19 horas.
martes, 7 de abril de 2015
jueves, 19 de febrero de 2015
LA ESCALERA PREDICTIVA
Desde la antigüedad, el hombre se pregunta sobre los
acontecimientos del futuro. Y en muchas ocasiones, las casualidades o las
mediciones paralelas sirven para propiciar las adivinaciones. Al fin y al cabo,
qué son los sistemas de lectura del futuro en los posos del café, las cartas o
las varillas del I Ching sino la combinación de algo azaroso con una pregunta
concreta. A veces parece surgir una respuesta, a veces no.
Viene todo este preámbulo tan filosófico a cuento de haber
descubierto un nuevo método de interpretar los hilos de la vida. Concretamente:
subir las escaleras.
Todo empezó el día en que, abordando una de esas subidas
engorrosas de las casas antiguas, me dediqué a asignar a cada escalón un año de
mi vida. "Aquí tenía un año y me regalaron el oso de felpa. Aquí cuatro y
fui a la escuela..." Y así sucesivamente.
Para mi sorpresa, los rellanos se correspondían casi
exactamente con los momentos más decisivos del pasado. Era una forma muy
gráfica y plástica de analizar tu vida. Y darte cuenta de que, si te detenías
en el escalón correspondiente a tu edad actual, quedaba un gran tramo de
escalera recorrido. Todo tu historial, tu bagaje. Daba un poco de vértigo.
Y luego mirabas hacia arriba. ¿En qué rellano acabaría tu
recorrido? ¿Cuál sería el escalón final? Esa pregunta que todos nos hacemos. En
abstracto, siempre suena algo inconcreta. Pero cuando se plantea sobre algo tan
mensurable como una escalera, adquiere una rotundidad incontestable. Las ves,
la tocas. Está ahí.
Desde entonces, he descubierto las virtudes de la escalera
predictiva. Cuando alguna cuestión me preocupa o tengo algo rondando en la
cabeza, busco una escalera. Y con la sucesión de elevaciones, con ese progreso
entre material y metafísico que te produce ir subiendo, parece como si las
cosas se aclarasen. Y activases una mancia o sistema adivinatorio desconocido.
Al fin y al cabo, la teoría de la relatividad prueba (no sé
exactamente la razón) que el tiempo no transcurre igual para todo el mundo. Y
los que están en una posición más baja envejecen un poco menos que los que
suben a las alturas. De modo que tal vez también la percepción se altera cuando
comienzan a ascender por una escalera. De esas angostas, silenciosas, solemnes
que se encuentran en las casas antiguas.
Y quién sabe si así se te revelan los misterios del pasado y
del futuro.
martes, 23 de diciembre de 2014
"METÁFORAS DE CIUDAD"
El libro se presentó el día 22 de diciembre en el Centro de Cultura de sa Nostra de Palma. Rodo Gener leyó tres de los artículos ("el diálogo fractal", "cláusula de regreso" y "manos de ángel gótico") acompañado a la guitarra por Pep Toni Brotons.
Es el segundo libro que publicamos en 2014 (después de "La Estrella Fenicia") y el número 49 de la serie total.
domingo, 14 de diciembre de 2014
LA CIUTAT QUE FUE
Entro en la tienda, suspiro y miro a mi alrededor. Supongo
que el encargado se pregunta qué pasa, y también observa en rededor por si algo
va mal. Pero no. Se trata única y exclusivamente del efecto de la melancolía y
la nostalgia.
Desde hace un tiempo, tengo la sensación de que el debate
más importante sobre la ciudad es justamente el que no se debate. Todo el mundo
pasa sobre él de puntillas, orillándolo o sencillamente cerrando los ojos. Pero
Palma está sufriendo una transformación acelerada en los últimos tiempos.
Drástica, radical.
Como siempre, se trata de un proceso de origen económico.
Los nuevos usos turísticos, como por ejemplo el alquiler de apartamentos privados
en el centro o los grupos de cruceristas, generan nuevos negocios y costumbres.
A ello se une la decadencia irreversible de la manera tradicional de entender
las cosas. La subida de alquileres en viviendas y locales, sobre todo en los
lugares más "guays" de la geografía urbana, acaban por desplazar a la
población anterior. Incapaz de pagar los precios que la especulación ha ido
recreciendo día a día.
Aparecen comercios absurdos. Pretendidas galerías con
nombres rarísimos o tiendas de diseño con un público muy minoritario. Mientras
cierran por relevo generacional o incapacidad económica los establecimientos
que eran populares y baratos. No hay mes en que no se produzca una baja. No hay
mes en que no abra una pretendida tienda de "souvenirs", la mayoría
importados. O una cadena más de heladerías. El comercio se orienta hacia la
concentración económica y el consumo rápido. Y muchas veces, eso supone el
desplazamiento de la población anterior. Para la que comprar en un mercado
"cool", por ejemplo, ya no es posible.
Cada día quedan menos locales como los que conocimos años y
años. Lentorros y familiares. Con la madona detrás del mostrador. Por eso,
cuando entras en uno de ellos, sea una mercería, una papelería, una ferretería,
una tienda de cacharros de cocina que han sobrevivido por ahora a los almacenes
chinos, te entra una suave alegría. Miras a tu alrededor. Recuerdas la ciudad
que fue cuando era más ella misma.
Antes de caer en manos de las franquicias.
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