La Asociación de Enfermeras de Hospitales de Andalucía ha tenido la gentileza de invitarme a pronunciar la conferencia inaugural de su III Congreso Internacional, que se celebra en Málaga. La intervención gira en torno de "La gente bella no surge de la nada. El camino hacia una espiritualidad laica". Y tendrá lugar el 15/10 en el hospital universitario Virgen de la Victoria.
sábado, 10 de octubre de 2015
CONFERENCIA EN MÁLAGA
domingo, 20 de septiembre de 2015
CUESTA BAÑARSE
Últimamente, me cuesta darme un baño en el mar. Y eso que
después de las lluvias y los vientos, el agua está clara. De un azul luminoso.
Tiene ese toque mineral que anuncia el otoño. Lejos de las caldosidades
agosteñas.
No nacimos ayer. Y sabemos qué fácil resulta hacer demagogia
sobre las cosas que ocurren en este mundo. Las redes sociales están llenas de
frases ampulosas, proclamas de pacotilla, juicios sin argumentos contrastados,
lugares comunes. De acuerdo, lo sabemos. Pero aun así, cuesta meterse en el
mar.
Miras la superficie mansa, los reflejos entre las rocas. El
agua tiene el mismo color que en esas fotos. Sólo que allá, en lugar de barcas
y "llaüts" en la distancia, motos acuáticas, piragüistas, ves a
familias enteras intentando no ahogarse. Contemplas la angustia del padre que
aprieta contra si una niña. La expresión desencajada de una mujer. Los brazos
de un cuerpo inerte. Nada de glamour playero. El horror más absoluto. Pero el
paisaje es el mismo. Plácido, de tonos subidos. Horizontes paradisíacos.
¿Puedes convencerte realmente de que todo eso está muy
lejos? ¿Te puedes persuadir de que no tiene nada que ver contigo? ¿Que no pasa
nada? ¿Que te tiras al agua y todo será como siempre?
De poco sirven los editoriales baratos. Sobre todo cuando
los problemas son tan grandes y dependen de tantos imponderables. Lo sabes. Las
cosas complicadas no tienen un explicación pequeña. Eres consciente. Ni una
solución al alcance de cualquiera. De acuerdo.
Pero no por ello dejas de tener esa sensación. Cada día ves
a tantos turistas bebiendo y riendo, comprando compulsivamente, retozando en el
mar. Toda la industria de la felicidad vacacional a la orilla azulada del mar.
El mismo que ha sido sudario para tanta gente.
Sientes que las cosas no deberían ser así.
Y, la verdad,
cuesta bañarse.
domingo, 13 de septiembre de 2015
EL EFECTO NOCEBO
Si quieres tener sensaciones fuertes puedes pasar "el
tren de la Bruja". O bien leerte los prospectos del nuevo medicamento que
te han recetado. En uno y otro caso, y por razones diferentes, no quedarás
defraudado.
En otros tiempos, esa literatura de tercera categoría que
son los prospectos médicos seguía unas consideraciones mínimas. Papeles
dobladitos y de letra muy menuda apenas ocupaban un rincón del paquete.
Generalmente, estaban pensados para suscitar el efecto placebo. Decir al
paciente lo que deseaba escuchar. Le anticipaba su mejora y curación, loando
los efectos medicinales del producto. Sólo al final, y en cuerpo más pequeño,
se hacía referencia a contraindicaciones y a algunos hipotéticos efectos
secundarios.
El paciente, sólo con leerlo, ya se encontraba mucho mejor.
Hemos pasado del efecto placebo al efecto nocebo. Que
consiste en lo contrario: el empeoramiento sugestivo a partir de expectativas negativas.
Abres el paquete y lo primero que encuentras es todo un
pliego de indicaciones. Lo despliegas y te tiembla el pulso al ver la cantidad
de apartados que aparecen. Te parece estar leyendo tu propio testamento.
La información puramente clínica ocupa poco espacio. Lo malo
es cuando te tropiezas con una serie de apartados como "Antes de tomar...
No tome si.... Tenga especial cuidado con .... Si toma más de lo que
debiera...."
Hasta aquí más o menos bien. Pero a continuación viene toda
una larga lista de "Posibles efectos adversos". "Reacciones
alérgicas". "Consulte a su médico inmediatamente". "Deje de tomar si..."
Y luego viene el ránking del terror. "Efectos adversos
poco frecuentes". Náuseas, erupciones cutáneas, mareos, dolor de
cabeza, diarreas.... Le siguen los otros efectos adversos: erupción cutánea y ampollas en
la piel, bultos rojos. Pero los peores son los "Efectos adversos
raros": ictericia, ojos amarillos, convulsiones, insuficiencia cardiaca....
En lugar de aliviarte, esta nueva política prospectiva te
hace sentir enfermo y sentenciado antes incluso de tomar la primera pastilla. Miras los envoltorios con prevención y te parece sentir ya las primeras pústulas y convulsiones espumosas.
Cuando has leído el papiro terrible, con ganas de tirarlo
a la basura, una advertencia te frena: "Importante. Guarde este prospecto.
Le puede ser necesario".
jueves, 27 de agosto de 2015
NUEVA WEB PERSONAL
Las diferentes publicaciones web de tipo personal y profesional están a partir de hoy reunidas en esta dirección:
Este blog está indexado también entre las diferentes pestañas.
jueves, 13 de agosto de 2015
EL MILAGRO DE LAS PERSEIDAS
Por estas fechas, el cielo estellado pasa a primer plano. Todos nos asomamos al firmamento nocturno esperando la famosa lluvia de las Perseidas. Bólidos y meteoritos. Las lágrimas de Sant Llorenç.
Esa expectativa, unida al
calor y a la vida exterior que se lleva en verano, convierte esa noche
en mágica. Intemporal y compartida.
Por una vez, nos fijamos en el
titileo paciente de los astros. Escuchamos alguna música lejana. Las
risas de una cena de terraza. El fragor suave de la hojarasca. Algunas
luces brillan a lo lejos. Un grillo se hace oír desde la oscuridad...
Y
entonces, como por ensalmo, todo se trastoca. Las estrellas se
convierten en las de tu niñez. La brisa nocturna, en el perfume de los
primeros veraneos. Las voces y risas, en las cenas al aire libre de tu
familia, entre el vino y la gaseosa. Las luces lejanas, los farolillos
de alguna fiesta o verbena. La música, en los primeros guateques
estivales.
Es como, si al imperio del firmamento, el pasado
volviera por unos segundos al presente. Y aprovechando la inmortalidad
de las estrellas, que estaban ya allí y parpadeaban exactamente igual
que ahora, regresaras imaginariamente a tu pasado.
Te reencuentras con
aquellos que ya no están, recuperas las sensaciones perdidas en los
estratos más profundos de la memoria. Y vuelves a ese verano intemporal
hecho de muchos y muchos veranos, que marcó una parte importante de tu
vida.
Sólo las estrellas, y el paso cerilloso de las Perseidas, hacen
que por una noche recuperes esa percepción tan diagonal de la
existencia. Que vivas por unos segundos entre las sombras del pasado,
acompañado de amigos que ya no lo son, o familiares que murieron.
Parpadeante y estrellado.
El milagro de las Perseidas consiste en sumergirte en el pasado sin abandonar el presente.
jueves, 6 de agosto de 2015
MAGIA GÓTICA EN SANTES CREUS
La magia del instante. Un susurro, el vuelo rasante de los
murciélagos, los truenos en la lejanía, el murmullo de las fuentes. Ninguna
imagen congelada puede condensar la experiencia de un espectáculo como "La
gran aventura de Jaume I". Se celebró en el real monasterio de Santes
Creus los días 31 de julio y 1 de agosto, con todas las entradas vendidas.
Un Rodo Gener
tronante como Jaume I. Protagonista de momentos tan únicos como el monólogo
frente a la tumba de su hijo Pere el Gran. La presencia sutil de Mariona Forteza,
como una figura más del claustro gótico. Y la iluminación creativa de Dominic Hull.
Todo ello constituyó una experiencia artística, histórica y vital de gran
alcance.
Esperamos que pueda volver a repetirse...
Fotografías en:
sábado, 4 de julio de 2015
TIERRA UBICUA
Algunas verdades son tan elementales que nos cuesta tenerlas en cuenta. Por ejemplo, la ubicuidad de la tierra. Ese depósito mineral sobre el que transitamos, que se levanta cuando hace viento, que cubre capa tras capa los vestigios de otras épocas. La tierra que nos acompaña y acoge.
En verano, las lluvias de barro nos hacen tomar conciencia de ello. Sales a la calle y el coche se ha llenado de unas imprimaciones rojizas. Arena pura del desierto. Tierra que ha atravesado el mar, arrastrada por el viento, hasta caer a centenares de kilómetros como un velo turbio y extraño. Tocar esa tierra es como viajar con la imaginación a las dunas saharianas. Desplazarnos a otras geografías.
Otras veces, somos nosotros los que provocamos esas percepciones. Por ejemplo, soy fan de un bar-colmado de carretera en Sant Josep de sa Talaia (Eivissa). Allá, en Can Jordi, se reúne una parroquia bien singular. Con música de "blues" como fondo, cervezas y esa sensación de libertad que inspira la Pitiusa mayor. La última vez que estuve, hacía calor y el terreno que sirve de aparcamiento estaba lleno de tierra suelta y arenosa. Que me impregnó las ruedas y los bajos del coche. Días después, ya en Mallorca, seguía allí. Yo miraba las ruedas auroleadas con aquel depósito terrero y pensaba: "Qué extraño. ¡Tierra de Can Jordi en Palma!". Como si de esa manera se relacionasen dos mundos bien opuestos.
Algo parecido ocurre con Cabrera. Recorres los caminos que llevan del puerto al castillo, llenos de una tierra muy blanca. Y cuando vuelves a casa, después de tanto caminar, del trayecto en barca, de la carretera, dejas las botas en el suelo y están blancas. Y te dices: "¡La tierra de Cabrera en mi alcoba!". Un poco de soledad, de luz de faro, de cielo puro, de sonido a mar.
La tierra es un sustrato universal y movible. En realidad, desmiente esas ideas tan rígidas y compartimentadas que tenemos sobre el mundo. De igual modo que las cosas reales nunca son absolutas ni explicables. Siempre ubicuas, transformables. Errantes y universales, como la tierra leve que arrastra el viento.
miércoles, 1 de julio de 2015
A TOMATE REGALADO...
Cada año, por estas fechas, empieza el
tiempo de los tomates. Es una pequeña y alegre estación, de la cual casi todos
participamos. Los que tienen tomateras y los que se limitan a recibir el fruto
de los primeros.
Los tomates, como los melones, inspiran
un sano orgullo a sus propietarios. Es algo que todos regalan con gusto. Porque
cuando te traen la bolsa llena hasta los topes, se aprecia una especie de
paternidad gozosa. Te explican de dónde los han cogido, los cuidados que han
recibido, las sulfatadas o campañas para evitarles los bichos depredadores...
De esta manera, la alegría del tomatante
se contagia un poco al tomatado. Uno no tiene la sensación de que se están
desprendiendo de algo. Ni que simplemente les salgan los tomates por las orejas
y no sepan qué hacer con ellos. No. Todo lo contrario.
Los tomates que te regalan a inicios del
verano son como una prueba de aprecio y amistad. Los contemplas tan rojos, tan
brillantes, con sus puntitos blancos de azufre y la cola enroscada, y es como
si realmente te hiciesen un presente bien valioso. Te los llevas a casa bien
contento, aunque tal vez la tarde anterior ya otro vecino te regalara un montón
de tomates y tengas la nevera a rebosar.
Da igual, porque los tomates que te
regalan siempre son más gustosos que los comprados. Abrir
su pulpa jugosa, verter su líquido denso con las pepitas, dejar a un lado la
piel arrugada y todavía exhalante de aromas apetitosos. Todo adquiere una
calidad máxima. Una y otra vez te dices: "Mmm. Qué diferencia con los del
mercado".
Aunque, tal vez, si te regalasen dos
kilos de Mercapalma no notarías la diferencia.
La fruta, los alimentos de
temporada, nos
rescatan recuerdos profundos. Son obsequios estacionales, que vuelven un
año tras otro. Como un reloj de la generosidad que atraviesa los años.
Nos sumen en ensoñaciones horacianas de
campesinos perfectos y frutos sabrosos.
Por eso, el que regala tomates te ofrece
algo más que una solaneácea. Te brinda un pedacito de fantasía.
domingo, 28 de junio de 2015
OTROS TIEMPOS PARA EL CENTRO DE PALMA
Una de las dialécticas más antiguas y engañosas consiste en la nostalgia. El paso del tiempo trasmuta los metales pobres en oro puro, disimula los aspectos más oscuros. Hace brillar los recuerdos como si todo tiempo pasado fuera mejor. Lo cual no es cierto.
Pero es verdad que ciertos cambios sobrevienen de repente, causándote una cierta sorpresa. Y el contraste entre lo nuevo y lo antiguo te sume en una especie de letárgica perplejidad. Con ganas de contar a todo el mundo que, otrora, las cosas eran de otro modo.
Por ejemplo, si vives en el centro de Palma, un día te sorprendes añorando la presencia de vecinos. Aquellas señoras mayores de toda la vida. Los matrimonios. Los niños. Porque han ido desapareciendo de tu escalera, sustituidos por los turistas. Constantemente suben y bajan por la escalera cargados con sus maletas de ruedas. Ya no escuchas las peleas de la pareja de abajo por el ventanuco del baño, sino las frases incomprensibles dichas en alemán, inglés o ruso. Tus vecinos son una especie de espejismo. Gente desconocida. Una reencarnación sin rostro del turista alquilante de piso en el centro.
Sales a la calle, y te sorprendes enunciando los comercios tradicionales que han desaparecido en el barrio. Colmados, mercerías, tiendas de tejidos... Esos establecimientos sólo viven en tu memoria. Porque en la calle han sido sustituidos por tiendas de "souvenirs", "take away", pizzerías exprés, o dispensadores de "gelato". Todas muy parecidas, y muchas veces con las puertas abiertas y la música a todo volumen.
Y en ese mismo lugar, surge el recuerdo de los años en que la gente se cruzaba por los callejones angostos de Canamunt y los señores se tocaban el ala del sombrero. O las parejas andaban cachazudamente hacia misa en Santa Eulàlia. Incluso aquellos turistas huérfanos y solitarios, como robinsones del mapa y el "¿Katedrale?". Hoy te ves refugiándote en un portal para sortear el paso de varias galeras de caballos, filas de extraños vehículos de dos ruedas con usuarios en forma de champiñón, grupos en bici...
Las tardes de silencio levítico, con el sonido de En Figuera resonando campanudamente por las casas, han dado paso a miles de músicas dispares. La calle se ha llenado de acentos distintos y coloristas. Músicos, estatuas vivientes, vendedores. Esa Palma típica que tanto se promociona como capital de la calma ha desaparecido.
Nunca tiempo pasado fue mejor. Pero eso de "la mejor ciudad del mundo" resulta francamente raro.
miércoles, 17 de junio de 2015
OBJETOS DE DESEO
A lo largo de los años, conservamos el recuerdo de muchas
cosas. A veces, con cierto empeño y monumentalidad. Esas fotos de viajes, de
actos sociales. Cartas antiguas, entradas de conciertos. Es el pequeño universo
afectivo que en cierta manera nos justifica. Al cual volvemos una y otra vez en
busca de un sitio en el mundo.
Pero hay un
tema por el que generalmente pasamos de largo. Que obviamos. Y sin embargo
tiene un hondo calado. Me refiero a los objetos de deseo.
Aunque cueste
de reconocer, nuestra vida también está marcada por objetos que en un
determinado momento han despertado nuestro deseo más absoluto. Es un
sentimiento que se remonta sobre todo a la infancia, cuando las cosas deseables
adquieren un halo mágico. Una entidad ontológica superior a la realidad
habitual.
Deberíamos
volver de vez en cuando a esa visión retrospectiva. Recordar aquellos objetos
que nos fascinaron de niños. Con los que soñamos durante semanas o meses. Que
acariciábamos con la imaginación. Ellos despertaron en nuestro interior un
mundo paralelo, feérico. Tan fascinante y minúsculo como esos paisajes para
trenes eléctricos con sus luces y casitas.
Recuerdas
aquel juego de muñecos. Lo mirabas en el escaparate de la juguetería. Te
parecía que el día en que lo tuvieras todo sería distinto. Alcanzarías la
felicidad más absoluta. Los reproducías de forma invisible con la imaginación.
Lo mismo que aquella pelota, aquel instrumento, aquella bicicleta, aquel coche de bomberos de hojalata...
Equivocadamente, consideramos como momento real aquel en el cual
logramos nuestro deseo. Falso. La auténtica realidad, platónica y sublimada, es
la del preámbulo. Cuando esperábamos con ansiedad que llegara el momento de
alcanzarlos.
Deberíamos
tener una galería bien presente de todos los objetos del deseo de nuestra
historia. Porque, en cierto modo, ellos explican nuestra existencia.
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