jueves, 31 de marzo de 2016

TORRESMA





   Cuando hacemos un panegírico de los cafés o restaurantes desaparecidos, siempre nos acordamos de los grandes. El Riskal, el Formentor, la granja Reus, el Oriente, el Alhambra, el Miami... Nombres que tienen su papel en la historia de Palma. Pero también existieron pequeños locales, poco conocidos, que cerraron sus puertas y se llevaron con ellos una parte del alma de la ciudad. A veces, en silencio. Sin que nadie los evoque.
  
  Estoy pensando en un caso singular: el Cucú. Este establecimiento de nombre cantarín estaba en los arcos exteriores de la Plaça Major, por el lado de las escaleras. Ocupaba apenas un diminuto rincón. Pero todo en él era singular. Desde la oferta de cervezas de importación, hasta el carácter del propietario: Massimo. A quien yo vi negarle a un cliente una segunda cerveza, porque la bebía a morro y eso era indigno de la marca.

   Pero más singular todavía fue el camarero que lo atendió durante un tiempo: José Torresma. Un actor apuesto y dicharachero cuyo sueño era participar en películas. Compartía sus ilusiones con toda la clientela y cuando, por fin, pudo viajar a Hollywood para probar fortuna los clientes le desearon suerte alzando la cerveza (en vaso, por supuesto). A todos les parecía una ilusión imposible y ladeaban la cabeza pensando en el día en que Torresma tuviera que regresar a servir cervezas, evaporado su espejismo cinematográfico.
  
   Pues no. Torresma se instaló en Hollywood y ha conseguido abrirse camino. Por internet le puedes ver en sus cástings y trabajos de publicidad o de animación. Incluso en fotos con las grandes escenas de cine. Y pocos pueden decir como él que pararon a Clint Eastwood en un semáforo y se pusieron a hablar relajadamente con él sobre sus recuerdos de España. Es uno de esos casos que demuestran cómo la voluntad y el talento mueven al mundo.

   Poco tiempo después de su marcha, el Cucú cerró sus puertas. Y hoy es un local vacío, pintarrajeado, silencioso. Ya no lo frecuentan la gente del Teatre Principal, ni los amantes de aquella terracita tan fresca en verano. Su historia concluyó sin que nadie se haya acordado de él.

   Quizás, un día cuando Torresma sea una estrella de Hollywood, el Cucú entre definitivamente en la leyenda.

domingo, 27 de marzo de 2016

TIENDAS DE LUZ




 Uno encuentra todo tipo de comercios cuando camina por las calles. Algunos llaman más la atención que otros. Los hay que te despiertan la curiosidad. Otros, el deseo de comprar. Y también están aquellos que te producen una especie de emoción secreta. Entre estos se encuentran las tiendas de lámparas.

 Desde mi más remota niñez he guardado una profunda admiración por las tiendas de lámparas. Esas que sólo tienen pantallas, bombillas, lámparas de pie, arañas y globos. Llenas de una materialidad casi invisible, Porque generalmente mantienen todas las lámparas encendidas, y estas son tan livianas que se diría que son más tiendas de luz que de lámparas.

Las tiendas de lámparas tienen algo demiúrgico. Cuando el atardecer cae sobre la ciudad, las calles se llenan de sombras. Y en perspectiva, dejan ver algunas luces aisladas. Un bar, una farmacia, un semáforo. En medio de ese horizonte, la tienda de lámparas destaca como una auténtica ciudad. Como un trasatlántico luminoso que destellea desde donde lo mires. Con todo su escaparate radiante. Con ese resplandor global que originan los diferentes focos de luz, y además cada uno de los puntos luminiscentes. Unos más fríos, otros más cálidos. Fuertes o débiles.

En la partitura de la ciudad nocturna, las luces de un bar son un "blues". La cruz verde de las farmacias, un sonido de sirena ambulancial. Pero las tiendas de lámparas representan una auténtica sinfonía. Y te imaginas la vida del encargado, absolutamente resplandeciente como si fuese un dios del panteón griego. Con el poder absolutamente prodigioso de encender y apagar todas esas bombillas. De crear una y otra vez la luz, al modo de un Génesis de bolsillo.

Fascinan y hechizan. Te hacen soñar. Sobre todo cuando se reflejan sobre el asfalto mojado. 

Y te hacen murmurar para ti: "Vaya factura de electricidad...."

miércoles, 16 de marzo de 2016

"LA GENTE BELLA NO SURGE DE LA NADA", EN LIBRERÍAS

domingo, 6 de marzo de 2016

"SE DICEN TACOS" EN L'ASTROLABI, EL 12/3/2016

jueves, 25 de febrero de 2016

OJOS DE NIÑO





Palma ha ido perdiendo lentamente uno de sus capitales. Te das cuenta cuando paseas por un pueblo, o por ciudades de otras culturas. Entonces eres consciente de la ausencia de los niños.

   A excepción de algunos parques o rincones especiales, la grey infantil brilla por su ausencia en este modelo de ciudad moderna que tenemos. Dedicada al turismo, con sueldos bajos y matrimonios pluriempleados. Sólo los abuelos, de vez en cuando, sacan a la calle a sus pequeños nietos. Y permiten la convivencia con cochecitos y bebés. El resto deben permanecer en sus casas o en las guarderías, obligados por lo que dicta nuestra civilización.

   Es un gran error y una miopía espantosa. Porque el capital de una ciudad no sólo son sus tiendas y comercios, sus monumentos históricos, sus paseos y avenidas, sus terrazas y restaurantes. El capital está en los niños. Cuanto más pequeños, mejor.

   No hay nada que encienda más luces del espíritu que un niño de pocos meses. En esa edad en que parecen convivir con un mundo fantástico, invisible para nosotros. Cuando descubren cosas en cada momento, y cada avance supone una alegría. Un gesto, unas palabras, unos pasos.

   La ciudad adultizada es adusta. Siempre impaciente y ocupada. Ensimismada en sus problemas. Apenas se detiene a reflexionar. La ciudad infantil es mágica e imprevisible. Como Alícia, una niña rubia mirando el agua de una fuente o las palomas, y señalando hacia ellas como si fuesen un suceso extraordinario. O Xavi que pronto levantará la vista, contemplará las hojas de los árboles y pronunciará una suave exclamación: "Ohhhh".

   Siempre creemos que los niños son aprendices de adultos, y que están en un nivel inferior de conocimiento e inteligencia. Pero tal vez nos equivoquemos. Porque, desde luego, cuando la ciudad se habita con los niños resulta mucho más real y humanizada.

   Se llena de una vida profunda que nos falta a las personas mayores.

miércoles, 17 de febrero de 2016

PRESENTACIÓN EN PALMA DE "LA GENTE BELLA NO SURGE DE LA NADA"

jueves, 17 de diciembre de 2015

EN FIGUERA



Cada ciudad tiene sus momentos de magia. Lo difícil es a veces encontrarlos. Porque no salen en los libros ni en las guías turísticas. Ni siquiera son conocidos por todos los ciudadanos. Dependen del azar y de la conjunción de los elementos. Pero haberlos, haylos.

 En el caso de Palma, existe un ejemplo. Pero para percibirlo, hay que pasearse por las calles del centro histórico pasadas las doce de la noche. Mejor si son las dos o las tres de la madrugada. Entonces, las calles están desiertas y resonantes. Sólo la luz de las farolas y las sombras. Como si esa parte de la ciudad antigua fuera un inmenso decorado.

Y entonces, en el silencio resonante de ese escenario, suenan las campanadas de En Figuera. El reloj de Cort.

 La verdad es que las campanas de ese reloj suenan todo el día. Pero cuando el tráfico es intenso, la gente circula, y se producen ruidos de todo tipo quedan enmascaradas por el sonido de ambiente. Ni siquiera llegan a distinguirse del todo.

Pero en la alta noche, qué profundidad y misterio adquieren. Parecen despertar los ecos del pasado. Los espíritus de los palmesanos de finales del XIX. Todas las ventanas siguen cerradas. Pero se encienden las luces de los sueños. Como si se asomasen señores con mostacho y pajarita, señoras de peinados nido de abeja.

Bajo el manto nocturno, las campanadas suenan claras y zumbonas. Casi podrías seguir su trayectoria, como si fuesen palomas de la noche. Y ver cómo sobrevuelan Santa Eulàlia, Sa Portella, la Plaça Major, la Plaça Quadrado... Hasta perderse en la oscuridad y el mar.

La conjunción de ese sonido antiguo con el silencio, con las casas cerradas, los portalones desiertos, el losange de las calles, hace que esos momentos sean muy especiales. Nos trasladen a otros lugares con la alfombra mágica de la imaginación.

Luego, a partir de las cinco de la mañana empezará el movimiento. Algunos paseantes madrugadores, las máquinas de regar y limpiar, los primeros coches y camiones... Y la música de las campanadas volverá a quedar enmascarada por la vida de la ciudad.

Perderse ese momento es ignorar una de las diapositivas mágicas de la ciudad.

jueves, 10 de diciembre de 2015

HOMENAJE A NEIL YOUNG. RECUERDO DE ROCK&PRESS



domingo, 29 de noviembre de 2015

GEOGRAFÍAS OCULTAS




Tantas veces pasando por el mismo sitio. Tantos días conviviendo con esos lugares. Y al final, comprendes que son unos desconocidos. Te asombras por un descubrimiento inesperado. Eres consciente de que en realidad nunca te has fijado en ellos.

Es una reflexión que surge en ocasiones a partir de elementos de la vida cotidiana. Existe un ejemplo perfecto. Los dibujos, colores o relieves del pavimento del suelo. Durante una época estuvo de moda el terrazo. Era común encontrarse con piezas formadas con muchas imitaciones de piedras. De diferente tonalidad y forma.
  
 Cuántas veces has pisado ese suelo. Sin darle la menor importancia. De repente, un día te sientas en  el sofá. Dejas pasar el tiempo, y te entregas a un pequeño ejercicio contemplativo. Esos momentos en los que contemplas detalladamente todo aquello que te rodea, mientras tu mente viaja por otros derroteros.

  Súbitamente, en ese humilde terrazo descubres una cara, un animal, una figura fantástica. Se compone de la combinación de varias de esas falsas piedras. De manera que sólo sugiere esa imagen si la contemplas de determinada manera. La has de buscar, descubrir. Pero una vez encontrada, te llama cada vez. Atrae tu atención.

   Aparece la cara de una mujer en el suelo. Y eso te hace pensar en la posibilidad de que existan muchos otros personajes disimulados, escondidos. Esperando el día en que por casualidad, des con ellos.

  A partir de ese momento, cada vez que pasas por ese rincón de la casa te detienes para cerciorarte de que la cara de la mujer sigue allí. Como si no te lo acabases de creer.
  
Geografías ocultas que resultan mucho más emocionantes cuando regresas años más tarde. Te reencuentras con un piso o un edificio donde has vivido. Entras, y vas a buscar inmediatamente aquel rostro de mujer del terrazo. Y allí sigue. Como si te hubiese esperado todo ese tiempo.
  
¿Es sólo una ilusión? ¿O en realidad transitamos por mundos escondidos sin ser conscientes de ello? Y creemos equivocadamente que la única realidad es la nuestra.

lunes, 23 de noviembre de 2015

LAS VELAS DE LOS MUERTOS


Si hay un sitio donde la estacionalidad resulta bien palpable es en el cementerio. Una vez al año, a primeros del mes en curso, todo cambia. Las familias acuden al camposanto. Lo llenan de flores y de adornos. Limpian las sepulturas. Los días 1 y 2 las familias transitan por las avenidas cementeriales, como si fuesen una travesía comercial. Y luego, regresa de nuevo el silencio, lo inmóvil, la soledad.
Las flores se van mustiando. Los adornos son arrastrados por el viento. Tal vez, el testimonio más emocionante son las velas.
Cuando las multitudes desaparecen, las velas siguen ardiendo. Las ves a lo lejos, como un pequeño resplandor rojizo. Tembloroso, irreal.

El cementerio vuelve a quedar vacío pero las velas continúan ardiendo como si fuesen la proyección de tantos deseos y sentimientos. A veces, en el interior de una cripta. A veces, en un rincón de la lápida. Bajo la fotografía borrosa de una fotografía, dando relieve a un nombre ya olvidado.

No es una luz cualquiera. Las velas tienen una entidad ligeramente sobrenatural. Como si, por un pequeño lapso de tiempo, los muertos asomasen la cabeza. Suspirasen. Y dejasen escapar toda su melancolía y añoranza a través de las oscilaciones de una pequeña llama. De un cuerpo de cera envuelto en un cilindro rojizo de plástico.

Las velas de los muertos tienen su propia vida. Quedan allí como náufragos en la inmensidad del cementerio. Al principio, en multitud. A medida que pasan las horas, cada vez más solitarias. Hasta que sólo unas cuantas supervivientes siguen alumbrando la oscuridad. Para apagarse finalmente en medio de la nada. Sin que nadie repare en ellas.

Todo lo que tenían de mágico y de vida interior cuando alumbraban, desaparece con su extinción. Una vez apagadas, se convierten en algo inútil, inservible. Requemadas, sin cera. Feas, secas. Son pasto de los contenedores sin ningún tipo de escrúpulo.

Lo mejor de su vida de vela lo dieron iluminando las noches frías de noviembre. Evocando el recuerdo de aquellos que no están entre titileos y súbitos temblores. Como pequeños espíritus de la noche cementerial.