Este mes de enero inicio un novedoso experimento. Narrar el contenido de uno mis libros en forma de monólogos, pasar de la palabra escrita a la palabra hablada. Así, el jueves 23 presento en la librería Drac Màgic: "La caverna del Bisonte". El monólogo está basado en mi libro de memorias "La Estrella Fenicia", y narra los misterios de la infancia. El bisonte representa un recuerdo personal, pero también simboliza la prehistoria, el pasado remoto de cada uno de nosotros.
Intento presentar una reflexión en primera persona, con historias, pensamientos y algunas conclusiones que nos afectan a todos. Un monólogo lleno de sensaciones, con fondos musicales, humor, evocación y también algo de misterio.
"La caverna del Bisonte" se estrena el jueves 23 de enero en la librería Drac Màgic (c. Jeroni Antich, 1. Tel. 971 71 27 17) a las 20 horas. Entrada 10 euros.
En fechas posteriores, presentaré dos capítulos más de estas "memorias habladas".
De entre los muchos proyectos frustrados, uno guarda especial cariño por "Mallorcatur". Un musical concebido en 1988, ironizando sobre el turismo y la especulación urbanística.
Las músicas surgieron de la colaboración con Raphel Pherrer y Toni Miranda. Dando lugar a un LP presentado en 1989 y que hoy es objeto de culto.
El libreto, cuya escritura que me costó todo un verano, no llegó a representarse nunca como tal. Hubo un segundo intento en 2004 que tampoco arrancó. Y en 2017 me decidí a sacudirme la frustración convirtiéndolo en monologo musical. Se representó unas pocas veces en medio de la indiferencia generalizada, y regresó al olvido.
He dado con el mp3 de la maqueta de 2017, donde por primera vez se encuentran textos y canciones de una forma organizada. Está grabada de forma muy casera, solo con la guitarra eléctrica y una pedalera.
La única grabación completa del formato.
Mallorcatur, non olvidatur...
En estas condiciones tan precarias escribí el texto de Mallorcatur. Un verano muy caluroso, en un piso de la calle de Can Salas. Escuchando los ruidos de la carnicería de abajo.
Uno, que escribe en los medios desde 1970, ha acabado cansadito del mundo editorial y periodístico. Las cosas han cambiado. Y el horizonte actual deja de ser ilusionante.
Centenares de artículos, una cincuentena de libros, decenas de colaboraciones en revistas o fascículos. Todo engullido por el remolino del "temps qui passe". ¿Qué hacer?
Frente a la complejidad tecnológica y logística de editar tus propios publicaciones, queda un recurso antiguo: la palabra. Volver a los aedos y a la memoria hablada. Como una rebelión contra el actual "status quo". Botellas de náufrago fonéticas. Lanzadas al océano del silencio colectivo.
Esta es la razón por la que me he decidido a colgar en internet algunas colaboraciones radiofónicas del "Garrido finale"
En épocas de cambio, procuras salvar lo que puedes de la quema.
He decidido rescatar escritos antiguos, la mayoría inencontrables, en formato sonoro. Darles una segunda oportunidad. Y de paso, recuperar imaginaciones y escenas del pasado.
Así nace una Garridoteca.
La estreno con una de mis escenas favoritas de un libro maldito y malogrado: la novela "Voy al Tibidabo" (1987). El duelo entre magos: el Hombre de las Palomas contra mi antiguo profesor de Matemáticas alias El Lámparas.
Voy recogiendo fragmentos de mis colaboraciones con IB3 Ràdio.
Atmósferas sonoras, atrapadas con rapidez y poca calidad, pero vivas.
Comentarios de conclusión. Un finale.
Eso que llamamos identidad resulta tan fragmentable como un espejo de baño. Y cuando somos conscientes de ello, es como si un vértigo sin límites nos invadiera.
Esta misma mañana me he quedado mirando mi dedo meñique. Y, de golpe, me he dado cuenta de que era el dedo de mi abuela. La misma forma, la ligera inclinación de la uña, la caída del nudillo...
Por un momento, he comprendido que lo que llamamos "yo" es en realidad una suma heterogénea de pedazos de antepasados. Los ojos de tu madre, la frente del abuelo, la boca de tu tía, el dedo de la abuela... Es la misma sensación que te embarga cuando contemplas al hijo de un amigo de la infancia. Y en lugar de ver un hijo, lo ves a él. Exactamente igual que cuando tú lo conociste.
¿Hasta qué punto somos realmente libres de la determinación del genotipo? ¿Seremos en realidad una especie de patchwork mental a base del carácter de tu padre, las manías de tu tío abuelo, las depresiones de tu bisabuela?
Si todo fuera así, y constituyésemos un zurcido de personalidades: ¿seríamos en el fondo realmente alguien? ¿No estaremos haciéndonos muchas ilusiones cuando hablamos en primera persona? ¿Somos algo más que un cocktail genético?
Desde ese momento, el dedo de mi abuela me apunta acusador. Y como el filósofo chino que despertó de un sueño preguntándose si era una mariposa soñando ser un hombre, o un hombre que soñó ser mariposa, uno se demanda si en realidad la abuela forma parte de ti o si tú ya formaste parte de tu abuela.
Hoy en día que tanto sabemos, seguimos ignorándolo todo del sueño. En el momento de apagar la luz y cerrar los ojos, somos exactamente iguales al hombre de Altamira o el hondero balear. Tan prisioneros como ellos del mundo de los sueños.
A lo largo de la vida, vamos recorriendo algo así como las estancias del sueño. Tenemos temporadas de sueños opacos, grises, mediocres. Igual que si pasásemos por el país del sueño en vacaciones. Tan vacío y deshabitado como los apartamentos de playa en febrero.
De repente pasa algo y durante unas noches cruzamos por el país de los sueños frondosos. Nuestras noches se llenan de figuras y paisajes. De junglas de recuerdos, imágenes, todas ellas transidas de una trascendencia que se nos escapa.
Luego, una noche, llegamos a la estancia del sueño terrorífico. Que es como "el túnel de la bruja" del país de la noche. Crímenes, monstruos, miedo, situaciones horribles. ¿Qué hemos hecho para merecer ese castigo?
Los sueños llegan, nos atraviesan y se van en medio de la más total de las impunidades. Nadie nos ha enseñado a saber su lenguaje. Ni siquiera nos han acostumbrado a considerarlos algo trascedente. Y así ocurre que esa otra mitad de la vida que pasamos en el sueño la perdemos, atravesando sus estancias ciegamente.
Exiliados en un país del cual jamás sabremos el nombre.
Recorriendo bosques y llanuras que nunca encontraremos en mapa alguno.
Fui un pésimo estudiante de Derecho. Todavía hoy no comprendo como empecé a estudiar esa carrera, justamente cuando mis ideas eran más ácratas que nunca. Los temas me parecían aburridos. Los profesores un tostón. Mis compañeros no compartían mis inquietudes.
De todos los cátedros y adjuntos que tuve, solo uno despertó mi interés y hasta mi admiración. Era adjunto de Derecho Civil. Un tío con desparpajo y algo desgarbado. Hablaba de forma atropellada y criticando a diestro y siniestro. Demoledor. "Sí señores. Lo mejor es el anarquismo", decía para mi entusiasmo. Era inaudito escuchar algo así de labios de un civilista.
Tanto fue así que me atreví a hablar con él varias veces. Y me preguntaba entrecerrando los ojos: "¿Y qué dicen mis alumnos de las clases?". Yo mentía y le decía que todos estaban muy impresionados.
Era Luis Pasqual Estevill. Un día desapareció sin dejar más rastro. Yo me dije: "Ya ha sido depurado". Y le tenía por un héroe.
Un tiempo después leí en el "Tele-Exprés" que había sufrido un accidente automovilístico. Le habían salvado un grupo de jóvenes que hacían las milicias universitarias en Castillejos. Él se deshacía en elogios y afirmaba sentirse orgulloso de aquellos militares en ciernes, como "buen joseantoniano".
Aquello me sorprendió bastante. ¿Un "joseantoniano" anarquista?
Pasaron los años y comencé a verle sentado en la exclusiva terraza del Sándor, con un abrigo de esos largos y azules. Y fumando puros. Entonces comenzó a salir su nombre en la prensa, como un controvertido juez.
Finalmente, fue procesado por corrupción. Separado de la judicatura e incluso encarcelado. Se habló de sus orígenes como pastor en un pueblo de Tarragona. De la extorsión a la que sometía a determinados acusados. De la protección de que gozaba por parte de Pujol. De su tendencia a la ludopatía y la buena vida. Su nombre pasó a la crónica negra.
Hace muy poco, entré en un pequeño café de la zona alta de Barcelona. Tan pequeño que apenas cabía la máquina tragaperras y la barra. Y allí estaba mi antiguo profesor. Totalmente enfrascado en las monedas, las cantinelas mecánicas, los premios y las frutas. Echaba una moneda tras otra como si en ello le fuera la vida. Llevaba todavía uno de aquellos abrigos largos de señor, pero en su camisa se apreciaban algunas manchas y un cierto porte de abandono. Ausente, envejecido.
Estuve a punto de decirle algo, pero no tenía sentido. Me produjo una infinita tristeza. Porque era el símbolo de una época en que te parecía posible cambiar las cosas con las ideas. Pero al final, sólo hay dinero, poder. Y tragaperras.
En las clases de Derecho Civil me dedicaba a dibujar a los profesores. Así vi a Luis Pasqual Estevill en 1969.
De niño siempre buscas padres alternativos. Te los imaginas en lugar de los propios. Los magnificas. Recuerdo que cuando tenía seis o siete años, mi padre nos llevaba los veranos a Martinet de Cerdanya, junto al río Segre. Me gustaba jugar por los prados llenos de boñigas de vacas. Caminar de noche por la carretera. Aspirar la humedad del río. Pero sobre todo me fascinaba el dueño del Hostal Martinet.
Era un hombre-águila. De facciones casi romanas. Con unas manotas grandes y un vozarrón de trueno. Me parecía magnífico como padre. Era fuerte y decidido. Casi envidiaba a su hijo, que tenía mi misma edad. Mi padre me parecía demasiado urbano, con pinta de profesor. Aquel hombre-águila parecía salido del lejano Oeste.
Mi padre hacía tertulia con él. Y recuerdo que señalando a su hijo, que correteaba por la carretera, le explicó. "Ayer le pregunté qué quería ser de mayor. Y me dijo: Coño, lo que tú". Y así sería.
Aquella paternidad platónica se esfumó un poco el día en que le vi propinar una sonora bofetada a su hijo, que salió corriendo entre lágrimas. Ser un héroe del Oeste tenía también sus cosas.
Todo quedó embotellado en los perfumes del recuerdo. Hasta que ya con treinta años regresé a Martinet. El hijo del hombre-águila era entonces un restaurador muy cotizado, ejerció incluso de alcalde. Había montado otro establecimiento, mucho más elegante, al lado del río. El hotel Boix. Era un hombre afable, meticuloso y de maneras suaves. Su mujer se mostraba simpática y comunicativa. Hablábamos de perros y de París, como lo hacía mi padre.
Y en la recepción, silencioso, enfundado ahora en un traje elegante, ¡estaba el hombre-águila ya muy mayor! No decía nada. Solo miraba a su alrededor con ojos de jefe indio. Fue una imagen que me emocionó.
Aquel hotel fue durante unos años mi ideal de felicidad. Me escapaba siempre que podía. Y me parecía estar ahí fuera del tiempo. Escuchando el río. Protegido por aquella especie de castillo intemporal.
Luego todo cambió. El hombre-águila debió morir. El matrimonio compró y montó el exclusivo hotel de la Torre del Remei en Bolvir, que parecía salido de un cuento de hadas. Ya era otra historia. Y perdí el contacto.
Buscando documentación sobre la Cerdanya, acabo de leer que la dueña del hotel murió hace cinco años. Y que el restaurador ha venido el castillete de Bolvir a otro cocinero famoso.
Se han cerrado todos los lazos. Y queda la historia como una de esas frutas que se colocan dentro de una botella de licor. Secas, pero en cierto modo vivas todavía.
Con el sonido del río, el suelo de madera del hostal, y la mirada del hombre-águila como el padre que los niños tímidos querrían tener.
El río Segre desde la ventana del hostal Martinet en 1981.
Un año después, una crecida del río se llevó el puente, inundando parte del pueblo.
Hace pocos días falleció en Secar de la Real, donde vivió muchos años, Birte-Lena, viuda de R.F.C. Hull. En el 2007 publicamos una breve reseña sobre su figura, que hoy me gusta recordar con todo el afecto.
LA CONEXIÓN MALLORQUINA DE CARL G. JUNG
Birte-Lene se sienta junto a la ventana. Puede ver un jardín frondoso, paredes de piedra, y el cobertizo donde su marido tuvo su estudio. En su casa del Secar de la Real, parece vivir en la Mallorca de otro tiempo. No hay ruidos agresivos, ni tráfico. Sólo el repiqueo de la lluvia en el tejado. La luz grisácea de los recuerdos.
Carl Gustav Jung fue uno de los padres del Psicoanálisis, y el fundador de una escuela de interpretación simbólica. Gracias a él, los mitos y las religiones antiguas pueden leerse con el lenguaje del hombre del siglo XX. Uno de sus libros más sorprendentes fue "Recuerdos, sueños, pensamientos". Unas atípicas memorias que dictó a Aniela Jaffé, su fiel secretaria. Pues bien, cuando lees la introducción de la editora te sorprende el agradecimiento a "Richard F.C. Hull, Palma de Mallorca, que me aconsejó amablemente con paciencia inagotable".
Richard F.C. Hull fue nada menos que el traductor al inglés de toda la obra de Jung. En cierta forma el responsable de su difusión mundial. Jung llegó a decir que era capaz de explicar más claramente sus ideas que él mismo.
Hull fue el inquilino de esa casita del jardín del Secar de la Real. Hombre de vida difícil, nacido en Gran Bretaña el año 1913 quedó afectado de joven por una poliomelitis, de forma que tenía la mitad del cuerpo paralizada. Jungiano convencido, amigo de escritores y poetas, compartió su vida con Birte-Lene desde 1956. A principio de los sesenta los dos se trasladaron a Mallorca. A partir de 1962 vivieron en la casa del jardín.
Birte-Lene está rodeada de libros, recortes y papeles. Muchos de ellos tienen un valor testimonial incalculable. Con Richard tuvo dos hijos: Ruth y Dominic. El los llevaba al colegio en un cochecito para inválidos que llamaban El Dragón Verde, y que era la atracción de todo el barrio. Más de una vez se quedaron sin combustible a medio camino.
Richard Hull trabajaba lentamente, cubierto por una manta, escribiendo en una gran máquina de escribir eléctrica con un solo dedo. Leía y escuchaba música. Gritaba: "¡Silencio!" cuando los niños le interrumpían su concentración. En esta casa sencilla, con jardín y corral, se gestó la traducción de una obra que cambió el pensamiento del siglo XX. Aniela Jaffé, la secretaria de Jung, les visitó en un par de ocasiones.
A partir de 1966, Richard Hull empezó a sufrir depresiones. Su carácter se hizo más difícil y pasó por períodos muy agitados. Murió en 1974 en la ciudad británica de Ascot. Tenía 61 años.
Hoy, Birte-Lene, que habla muy flojito y mira a su alrededor con ojos dulces, conserva ese legado de la obra jungiana, recuerdos y fotografías. La conexión mallorquina de Carl Gustav Jung.