domingo, 14 de diciembre de 2014

LA CIUTAT QUE FUE



Entro en la tienda, suspiro y miro a mi alrededor. Supongo que el encargado se pregunta qué pasa, y también observa en rededor por si algo va mal. Pero no. Se trata única y exclusivamente del efecto de la melancolía y la nostalgia.

Desde hace un tiempo, tengo la sensación de que el debate más importante sobre la ciudad es justamente el que no se debate. Todo el mundo pasa sobre él de puntillas, orillándolo o sencillamente cerrando los ojos. Pero Palma está sufriendo una transformación acelerada en los últimos tiempos. Drástica, radical.

Como siempre, se trata de un proceso de origen económico. Los nuevos usos turísticos, como por ejemplo el alquiler de apartamentos privados en el centro o los grupos de cruceristas, generan nuevos negocios y costumbres. A ello se une la decadencia irreversible de la manera tradicional de entender las cosas. La subida de alquileres en viviendas y locales, sobre todo en los lugares más "guays" de la geografía urbana, acaban por desplazar a la población anterior. Incapaz de pagar los precios que la especulación ha ido recreciendo día a día.

Aparecen comercios absurdos. Pretendidas galerías con nombres rarísimos o tiendas de diseño con un público muy minoritario. Mientras cierran por relevo generacional o incapacidad económica los establecimientos que eran populares y baratos. No hay mes en que no se produzca una baja. No hay mes en que no abra una pretendida tienda de "souvenirs", la mayoría importados. O una cadena más de heladerías. El comercio se orienta hacia la concentración económica y el consumo rápido. Y muchas veces, eso supone el desplazamiento de la población anterior. Para la que comprar en un mercado "cool", por ejemplo, ya no es posible.

Cada día quedan menos locales como los que conocimos años y años. Lentorros y familiares. Con la madona detrás del mostrador. Por eso, cuando entras en uno de ellos, sea una mercería, una papelería, una ferretería, una tienda de cacharros de cocina que han sobrevivido por ahora a los almacenes chinos, te entra una suave alegría. Miras a tu alrededor. Recuerdas la ciudad que fue cuando era más ella misma.

Antes de caer en manos de las franquicias.


2 comentarios:

Ramon Mayol dijo...

Cada día las ciudades se parecen más... impersonales... frías... todas iguales

Catalina Mir dijo...

Totalmente de acuerdo. No es nostalgia, es un paisaje urbano lleno de vivencias que no volveremos a ver