martes, 21 de julio de 2009

DIVULGAR Y PRESERVAR, EL CASO PRÁCTICO DEL DOLMEN DE S'AIGO DOLÇA (MALLORCA)




Divulgar es preservar. Pero las relaciones entre la divulgación y la investigación del patrimonio no siempre son fáciles. En general, los investigadores no son buenos divulgadores. Les cuesta abandonar los sobreentendidos eruditos, y pocas veces saben conectar con el lector medio. Al otro extremo de la pista, los divulgadores tienen mala fama. Demasiado apresurados, confunden cosas, priman el colorido y la sensación antes que el rigor.

Para un investigador en arte o arqueología, no hay evocación más pavorosa que la del "periodista" en el sentido peyorativo de la palabra. El que escribe en diarios, siempre demasiado deprisa, buscando lo sensacional. "Cualquier información que se le suministre saldrá llena de errores", piensa en su fuero interno.

Investigador y divulgador, la pareja de baile perfecta, acaban dándose la espalda. Es curioso, y hasta cierto punto dramático. Porque si algo precisa el investigador (como muy bien se sabe en el mundo anglosajón) es una buena proyección mediática de su trabajo. De esta manera obtiene reconocimiento social, logra subvenciones y premios, lleva hasta el público más amplio su trabajo de campo o laboratorio.

También el divulgador necesita ese material valioso de la investigación. Para alguien que sólo transmite, y que por lo tanto no genera contenidos por sí mismo, cualquier investigador resulta una fuente de temas apasionante. Todo lo que puede soñar, aquello que encandilaría a su público, está en esos discos duros, carpetas, papeles que duermen en la mesa del investigador. El sabe cómo convertirlos en reportaje y noticia, pero no puede hacerlo sin la colaboración del estudioso.

El tema de fondo, lo que dificulta las relaciones entre uno y otro, es la valoración del hecho publicista. Si conviene o no dar a conocer ciertas cosas.

En general, los arqueólogos desconfían seriamente de eso que nosotros llamaríamos -- empleando un término televisivo -- "la audiencia". Existe la creencia de que cualquier indicación práctica, sobre todo el desvelar donde se encuentra el yacimiento, supone un peligro espantoso. "La gente vendrá y lo destrozará". A la habitual reserva existente entre colegas, se une la profunda prevención a ese ente indeterminado que es "la gente". Turistas, autocares, escuelas, grafiteros, fotógrafos, excavadores clandestinos... Todos pisando las piedras, destruyendo estratigrafías, lanzando basuras, llevándose fragmentos de huesos, buscando monedas con detectores de metales...

Un desastre. ¿Y quién es el más directo embajador de esa plaga apocalíptica? Pues el divulgador que, pretendiendo hacer sensacionalismo, publica en los papeles un montón de informaciones poco contrastadas y no demasiado serias.

Tres "dramatis personae": investigador, divulgador y "gente". Una sola realidad: el peligro que corre un patrimonio escasamente protegido y muy poco divulgado.

Desde mi propia experiencia, querría romper una lanza por el buen entendimiento entre las tres bandas. Porque la realidad demuestra que son muchos más los casos en que la divulgación ha salvado monumentos que aquellos en los que puede haber supuesto algún daño. Gamberros y clandestinos no necesitan leer reportajes para escoger el escenario de sus fechorías.

Y, más importante todavía, cuando la investigación y la divulgación se hacen de consuno y consesuadamente, los resultados pueden ser muy provechosos. Porque es un error ver tantos enemigos potenciales cuando el verdadero riesgo radica principalmente en el silencio y la ignorancia.

Como ejemplo y caso práctico de una divulgación que acaba generando investigación, y de la sinergia que puede existir entre ambos campos, quiero contar una historia. En este caso, puedo escribirla de primera mano, puesto que la viví directamente.

Empieza en un terreno hoy baldío. A pocos metros del mar.

EL ESCENARIO

La pequeña localidad de la Colónia de Sant Pere pertenece al término municipal de Artà, en el noreste de Mallorca, y está situada en una serie de llanuras costeras que ocupan el piedemonte de la Serra d'Artà. Montañas muy deforestadas, desnudas y trágicas. La combinación de la Badia d'Alcúdia con estas alturas, que alcanzan poco más de 500 metros, compone un paisaje severo pero de gran magnetismo. Roca viva, algunos almendrales y viñas, un litoral muy recortado a base de dunas fósiles. Al anochecer, las últimas luces del sol tiñen la piedra de unos tonos densos y acaramelados. La arenisca parece entonces oro fundido y se oscurece lentamente hasta llegar a tonos de añil.

Bajo la mole enhiesta del Bec de Ferrutx, que semeja un gigante, se encuentra la finca de Sa Devesa, donde tiene su taller el pintor Miquel Barceló. Un paisaje verdaderamente energético que propicia la creación.

No muy lejos, se abre una cala casi perfecta. Ovalada, con unos cantiles a base de estratos de derrubios y arenisca. El agua, muy clara, contrasta con la roca. Algunos enormes tamarindos dan una sombra leve, tornadiza y estrellada. El lugar se conoce como Ca los Cans o Cala des Camps, y junto a él todavía se advierten los restos de un poblado talayótico que dominaba la playa, en la finca hoy conocida como Can Pa amb Oli.

Desde allí hay que tomar un sendero que se dirige hacia el noreste. Se llega a una zona de monte bajo, antiguos cultivos hoy abandonados. Y después de pasar una cantera de arenisca en desuso, el lecho de un torrente llega al mar. Es el lugar conocido como S'Aigo Dolça (el agua dulce), que en la toponimia tradicional indica la existencia de un curso o manantial de agua potable.


EL DESCUBRIMIENTO

En 1995, el único sepulcro megalítico conocido de Mallorca era el llamado dolmen de Son Bauló, situado cerca de la localidad costera de Can Picafort (Santa Margalida), también en la Badia d'Alcúdia. El monumento, ciertamente poco espectacular, se compone de una serie de losas que forman un trazado oval, en cuyo interior se advierten las piezas que formaban una cámara funeraria cuadrangular con una diminuta antecámara.

Este primer dolmen de Mallorca (en Menorca hay numerosas muestras de esta arquitectura megalítica, Formentera posee el magnífico sepulcro de Ca na Costa que es el mayor de las Islas, mientras que en Ibiza sólo se conservan restos de un ejemplar) fue descubierto en 1961 por Guillermo Rosselló Coll y Josep Mascaró Passarius. Algunas fotos de ese momento revelan una cierta envergadura de la construcción, que parece sobresalir del suelo rocoso en medio de un bosque.

Después de una primera excavación por parte de los descubridores, el sepulcro fue vuelto a estudiar por Guillem Rosselló Bordoy en 1964. Los hallazgos consistieron en restos de cinco individuos, cerámica, botones, sílex, bolas de piedra, pulidores, percutores, una lezna de metal.

Lo más importante era la antigüedad, por cuanto esta construcción megalítica pertenece a un período pretalayótico datable entre el Calcolítico o edad del Cobre y el primer Bronce. Concretamente, fue situado por los investigadores alrededor del 1700 a.C.

Ello supone que, simplificando mucho pero sin exagerar, el dolmen de Son Bauló podría considerarse como la edificación más antigua de la isla. Aunque dedicada a los muertos.

Aquel año de 1995, comenzó a construirse un polígono industrial en los terrenos que rodean al sepulcro megalítico. Y ello motivó que, en un suplemento dominical de Mallorca, el que esto firma publicara un reportaje recordando la importancia del monumento y el peligro de que fuera afectado por el nuevo desarrollo urbanístico.

Aquel trabajo periodístico fue el detonante. Porque al día siguiente recibí una llamada de Lluís Moragues, un geólogo buen conocedor de la zona. "Le llamo porque yo sé dónde hay otro dolmen igual al que sale en la foto". No me lo podía creer. Era el sueño de cualquier periodista arqueológico. Al principio desconfié; pero cuanto más datos me daba, más plausible parecía la evidencia.

El año anterior acababa de publicar junto con el arqueólogo Javier Aramburu-Zabala y el dibujante y excursionista Vicenç Sastre la primera "Guía arqueológica de Mallorca". De manera que estaba muy concienciado con el tema. La posibilidad de que existiera un nuevo sepulcro megalítico en Mallorca me parecía una auténtica bomba. Aunque naturalmente no despertó tanto entusiasmo entre la gente del periódico, más ocupados por los asuntos del siglo XX d.C.

Nos citamos con Lluís Moragues en Ca los Cans, una tarde de febrero. Yo conocía bien el lugar, y me parecía increíble que en el mismo itinerario de mis paseos se escondiera nada menos que un dolmen.

Moragues, andando a grandes zancadas, me explicó que había mostrado el hallazgo al arqueólogo Lluís Plantalamor, quien concluyó que se trataba de una construcción prehistórica y pidió incluso permiso de excavación. Pero en aquel momento se realizaba el inventario arqueológico y se lo denegaron. También el paleontólogo Josep Antoni Alcover, que pasó por ahí, envió una comunicación a la Conselleria de Cultura de Govern balear, adjuntando incluso fotos. Pero aquel hecho que a mí me parecía un revolución no interesó a nadie en las instituciones. Ni se molestaron en acudir a visitarlo.

Llegamos a un pequeño campo, a unos 100 del mar, y Moragues se desvió hacia unos matorrales. Como un escenario grandioso, las Muntanyes d'Artà se levantaban frente a nosotros.
"Aquí es".

Frente a mí podía cuatro piedras que apenas sobresalían 60 cm. del suelo, pero que trazaban claramente un fragmento de arco. Al otro lado, otras tres losas apenas perceptibles marcaban la existencia de una antecámara. La misma estructura que el sepulcro de Son Bauló.

No había la menor duda. ¡Era el segundo dolmen de Mallorca! Con gran emoción, dibujé un esquema y tiré varias fotografías. Me sentía en la situación más envidiable a la que puede aspirar un divulgador: estar ahí cuando aparece un monumento desconocido.

Aquella misma tarde, coincidí en una conferencia con Josep Mascaró y Passarius, arqueólogo, geógrafo e investigador en toponimia. Siempre me pareció un maestro a la antigua. Era un poco caótico y autodidacto, pero tenía una voluntad investigadora de hierro. Contaba centenares de historias, se interesaba por todo; a pesar de los años y la incomprensión general, nunca perdió su entusiasmo. Desgraciadamente, moriría poco tiempo después. A media voz le dije a Mascaró: "Acabo de ver un dolmen igual que el de Son Bauló".

Mascaró, que era un hombre de emociones, no se reprimió: "¡Qué dices!". Las señoras que estaban sentadas junto a él y seguían la conferencia le miraron con reprobación.

En silencio, le pasé el dibujo. Mascaró dio un salto y me agarró la mano. "Te felicito, es verdad. Es muy importante. Es muy importante". Los dos estábamos muy contentos.

Curiosamente, entre otros arqueólogos amigos hubo más bien escepticismo ante la noticia. "¿Un dolmen? ¿Seguro? ¿En la Colónia?". Al final, organizamos una excursión. "Vamos a ver el dolmen de Carlos" decían con cierta guasa.

Pero cuando llegaron al lugar enmudecieron. Comenzaron a dar vueltas con excitación.
"Es verdad. Mira aquí está la cámara. Es sensacional".

Nos hicimos fotos, como quien fija un momento histórico. Midiendo el monumento, contemplando las losas. El sol se puso y las montañas aparecieron más carmines que nunca, mientras unas sombras largas cubrían la llanura pobre y pelada que guardaba un tesoro arqueológico.

El 5 de marzo de aquel 1995 publiqué en el mismo dominical un nuevo artículo: "Descubierto un segundo dolmen en la costa de Artà". En cierta manera, me sentía también un poco descubridor.


LA EXCAVACIÓN

Aprovechando mi privilegiada situación en aquel proceso, actué de intermediario entre Víctor Guerrero, del Laboratorio de Prehistoria de la Universitat de les Illes Baleares, y el Ayuntamiento de Artà. Llevé personalmente al alcalde, Montserrat Santandreu, un informe con la importancia del hallazgo adjuntando también los trabajos publicados en la prensa, así como un dibujo de Vicenç Sastre que reconstruía el posible estado general del monumento.

La repercusión en la prensa actuó en este caso como un elemento multiplicador. Ya no se trataba únicamente de un asunto de estudiosos, la opinión pública percibía que era algo importante. Las instituciones, por lo tanto, se mostraban más proclives a la hora de apoyar una investigación.

Todo fue sobre ruedas, y el 30 de agosto del mismo año 1995 comenzó la primera fase de la excavación, dirigida por Manel Calvo Trías, Jaume Coll Conesa y Víctor Guerrero Ayuso, con el apoyo del Ayuntamiento de Artà. Al año siguiente, con una segunda fase, el monumento quedaba totalmente recuperado.

La importancia del sepulcro de S'Aigo Dolça se justifica por el descubrimiento de una ocupación funeraria sin modificar, algo raro en este tipo de monumentos que suelen sufrir saqueos. Apareció un humilde ajuar mortuorio, pero lo más interesante fue la revelación del ritual que se había llevado a cabo. Según todos los indicios, las deposiciones fueron secundarias. Es decir, los cuerpos se colocaron ya descarnados, por un lado los cráneos y por otro los huesos largos formando una especie de paquete dentro de la pequeña cámara.

Librado de la tierra que lo cubría, el sepulcro megalítico aparecía como un reloj de los siglos. El trazado circular donde se colocaban las losas de soporte del túmulo está tallado en la roca, de forma que ofrece una extraña sensación de orden y geometría frente a la regularidad casi hexagonal de la cámara. Aunque no se conozca nada de este tipo de construcciones, la sola colocación de sus elementos transmite la impresión de un sentido profundo, casi metafísico. Más palpable aún cuando, como en este caso, los materiales son sumamente pobres.

Quienes estén interesados en las conclusiones de la excavación pueden consultar el número 191 (marzo de 1997) de la "Revista de Arqueología", donde se ofrece un extenso dossier. Allí queda bien patente la oposición entre la sumariedad extrema de la arquitectura de este dolmen devastado por los tiempos y su importancia científica e histórica. "Cuatro piedras" como dirían algunos, pero cargadas de significado.

UN LEGADO PARA EL FUTURO

Cuando acabó la excavación, el dolmen quedó al descubierto. Junto a un paisaje desértico y grandioso. Lo visito muy a menudo, ahora que ha sido protegido por una valla de madera y cuenta con una sucinta señalización ya muy degradada.

El Ayuntamiento de Artà lo ha incluido en todas sus rutas patrimoniales, y hoy en día ya forma parte de cualquier referencia sobre el pasado del municipio. Es un símbolo de su antigüedad más remota. Un legado para el futuro.

Me gusta contemplar cómo cambia con las estaciones. En verano, algunos bañistas pasan por su lado. La proximidad del mar hace que se encuentre en una zona relativamente transitada. La tierra es entonces seca y polvorienta, de un ocre ligeramente carnal. Sólo crecen algunas plantas de color tostado, llenas de espinos, resistentes al sol y el calor.

Pero en otoño, el viejo sepulcro cambia de galas. Por entre los intersticios de la piedra aparece una hierba joven, de un verde jugoso. La tierra se oscurece, y los cielos se llenan de grandes nubes que se derraman por las montañas. Durante el invierno, las lluvias caen con fuerza y el agua murmura en los torrentes. El dolmen parece entonces una imagen de lo periclitado, tiene la tristeza de las ruinas. Sobre todo en las tardes de cielo plomizo y humedad.

En cambio, cuando llega la primavera la piedra se hace intrascendente, y el monumento prehistórico sirve de florero para todo tipo de vegetación. Es como si brotara el sueño feliz de sus muertos prehistóricos.

Quizás sea por mi relación sentimental con ese lugar, pero siempre experimento algo intenso cuando estoy allí. Me maravilla la sencillez de sus formas y la fuerza simbólica que desprenden. Me embruja la sensación de que, tal como han revelado las excavaciones, en este lugar de Mallorca la vegetación no ha cambiado apenas en casi cuatro mil años, ni el sonido del mar, ni la majestad de las montañas. Es, en suma, una manera de viajar hacia el pasado sin salir del presente.

Una tarde, cuando me entregaba a mis meditaciones en los alrededores del dolmen, un hombre ya mayor que paseaba al perro me detuvo. Con una mirada algo guasona, señaló a las ruinas que en aquel momento proyectaban unas sombras larguísimas y negras con sus losas. "I això, què té molt de mèrit?" (¿Y esto tiene mucho mérito?) me dijo.

Lo que en realidad quería decir es: "tant de rebombori per quatre pedres" (tanto jaleo por cuatro piedras). Lo cual, aun por pasiva y en negativo, suponía aceptar la preeminencia y el prestigio que las piedras en cuestión habían alcanzado. Su entrada por la puerta grande de la historia.
Si al menos hubiera sido algo así como una pirámide. Pero unas pocas losas y una zanja...

Este mismo razonamiento se ha repetido poco antes de pasar la excavadora por unos vestigios antiguos. Cuatro piedras, ¿qué valor tienen?

Afortunadamente, esto ya no podrá ocurrir en S'Aigo Dolça. La villa de Artà se muestra orgullosa de este monumento, y encuentra su mérito en la antigüedad, su significado religioso, la plasticidad con el entorno paisajístico. En palabras del equipo responsable de la excavación, "la información ofrecida por este sepulcro megalítico presenta el registro más completo y complejo dentro del conjunto de sepulturas de este tipo y contexto cultural de las Baleares". Pese a su humildad, es un monumento de primera categoría.

A veces me pregunto qué hubiera ocurrido si no hubiese publicado aquel primer reportaje sobre el dolmen de Son Bauló. Si alguien como el geólogo Lluís Moragues no hubiera tenido la idea de llamar a ciegas para dar una información. Si ese descubrimiento no hubiera salido en los papeles antes de su investigación científica.

Probablemente, a la larga el proceso hubiera sido irreversible. Finalmente se habría descubierto y excavado. Pero podrían haber pasado muchos años. Y quizás, el proyecto urbanizador de Es Canons (que afecta a esta zona y actualmente está paralizado) al incluir un campo de golf hubiera supuesto su desaparición. De una forma impune, puesto que al no estar catalogado difícilmente hubiera habido denuncia.

Sin más dato que la intuición, me atrevería a sugerir que la rareza de los sepulcros megalíticos en Mallorca no se debe a tanto a cuestiones históricas o culturales sino a la pura desaparición de estos monumentos. Muy fáciles de desmontar o arrasar en el curso de las labores agrarias. Cuando no cubiertos de una maleza inextricable.

La divulgación periodística consiguió dar envergadura al dolmen de S'Aigo Dolça desde el primer momento, cuando sólo consistía en "cuatro piedras". Sirvió para facilitar las relaciones entre el Ayuntamiento y los arqueólogos. Mientras las anteriores comunicaciones cayeron en el más profundo de los olvidos, la publicidad mediática activó los circuitos.

Hoy, me gusta pensar aunque sea exagerado que mi artículo sirvió un poco para que todos podamos disfrutar del monumento. Conocerlo y apreciarlo. Para que forme parte del sentido de la historia de Mallorca y Artà. Y nadie, ni siquiera el señor del perro, puedan nunca destruirlo para plantar un campo de césped o levantar unos adosados.

Fue una conjunción afortunada. Y la mejor forma de probar que investigación y divulgación logran más cosas actuando de forma conjunta que por separado.



4 comentarios:

Guillem Caldentey Crego dijo...

Hola Carlos!
Avui he trobat aquest el teu article, que m'ha agradat molt...
Bé, algun detall per ventura no gaire exacte: quan el publicares, em sembla que el rètol a què fas referència no és que estigués en mal estat de conservació, és que em sembla que ja no hi era en absolut... i que, ara per ara, per l'Ajuntament han estat incapaços de posar-ne un altre!
Meam si ens trobam aviat per allà.
Salutacions ben cordials,
Guiullem Caldentey

Dinana Coca dijo...

Hola Carlos,

Acabo de encontrar tu artículo por casualidad, estoy viviendo en México. Tuve la suerte de trabajar con vosotros en la excavación del Dolmen el verano de Agosto 1995, me ha traído muy buenas memorias leer tu artículo.

Un abrazo,

Diana Coca

SALVADOR VASCO dijo...

Enhorabuena señor Carlos, yo leí aquella publicación del Brisas en 1995,entonces yo contaba con dieciocho años. Guardé el suplemento en un trastero hasta hace un mes, la semana pasada repasando retales redescubrí el reportaje y fui a visitar el monumento.
No tengo palabras, quede hipnotizado y maravillado, las sensaciones que transmite una construcción de más de cuatro mil años son maravillosas.
En una hora y media nadie pasó junto al dolmen ni por casualidad, que sensación más melancólica te produce verte aislado y rodeado por ese entorno tan mágico, es una inyección de espiritualidad increible.
Volveré pronto porque necesito viajar de nuevo en el tiempo.
Muchas gracias veintidos años después por compartir y mostrar tan fascinante descubrimiento.
Un saludo desde S'Arenal.

SALVADOR VASCO dijo...

Enhorabuena señor Carlos, yo leí aquella publicación del Brisas en 1995,entonces yo contaba con dieciocho años. Guardé el suplemento en un trastero hasta hace un mes, la semana pasada repasando retales redescubrí el reportaje y fui a visitar el monumento.
No tengo palabras, quede hipnotizado y maravillado, las sensaciones que transmite una construcción de más de cuatro mil años son maravillosas.
En una hora y media nadie pasó junto al dolmen ni por casualidad, que sensación más melancólica te produce verte aislado y rodeado por ese entorno tan mágico, es una inyección de espiritualidad increible.
Volveré pronto porque necesito viajar de nuevo en el tiempo.
Muchas gracias veintidos años después por compartir y mostrar tan fascinante descubrimiento.
Un saludo desde S'Arenal.