domingo, 25 de junio de 2017

MORIR POR EL FUEGO



                                         (Foto: MAC)



Recuerdo constantemente a Cristóbal Serra, cuando se ponía profético y enunciaba cosas del futuro. Despreciaba el dinero como valor, y repetía que el fin de esta era estaba próximo. En plan apocalíptico, levantaba las manos mientras los cabellos se le erizaban. "Estos tiempos acabarán consumidos por el fuego".

  Cada día que pasa me hace pensar en lo acertado que estaba Cristóbal. Son tantas las noticias que diariamente abonan esta tesis. Lo que pasa es que no viene tanto ese fuego físico, que también. Esas llamas que consumen tierras enteras en Portugal, o ese calor apabullante que derrite los casquetes polares.

  No, estoy convencido de que el fuego al que se refería es sobre todo moral. El fuego espiritual de la avaricia.

  A lo largo de la historia se han producido muchos episodios donde el deseo ciego de poder y dinero se anteponía a cualquier cosa. Pero quizás no se disfrazaban tanto como ahora. Cuando todos aparentan respeto a las reglas que se dedican a trasgredir.

  En nuestros días asistimos a la combustión moral de todo tipo de valores. Todo por el dinero. Ves perfectamente que no se trata de gente en estado de necesidad. Cuando la búsqueda de medios económicos equivale a supervivencia.

  Todo lo contrario, el fuego de la avaricia consume sobre todo a los que ya tienen dinero. A los que quieren tener más. Y cuando tienen más, desean más y más. Como las llamas consumen un bosque. Ciegamente, abrasadormente, fatalmente.

  Vemos desfilar por la escena pública a gente de elevada condición, capaces de los mayores desfalcos, engaños, fraudes y todo tipo de maniobras turbias. Cegados por el deseo de acaparar más y más. Personajes a los que la sociedad a su vez venera. Porque en algún lugar del corazón, a todo el mundo le gustaría tener una situación semejante de abundancia.

  Cuando el fuego de la avaricia prende en el alma, nada lo detiene. Consume los valores morales, el respeto a los demás, el afecto por las cosas bien hechas, la creencia en la justicia o en las leyes. El fuego lo devora todo, como en las hogueras de estos días. Y los personajes que se entregan a él acaban tostados, carbonizados. Deseando todavía más y más.

  Creo que sí, Serra tenía razón. Esta tierra padece el peor de los incendios forestales. El que no se apaga ni con bomberos ni con canadairs.

  El que sólo se combate con honestidad y conciencia.



No hay comentarios: